11 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

FALTAN POCOS días para las ferias de San Lucas, que muy famosas han sido y todavía lo siguen siendo casi ochocientos años después de su antigüedad cotidiana, como diría Balzac al referirse a las ciudades provinciales francesas que, como Mondoñedo, proclaman una vez al año todo el bullicio antiguo de las ferias populares quebrando el silencio callado que habita a lo largo del año, todo el valle. Regreso, cabalgando el todavía brioso corcel de la memoria , a los días en que yo hacía estación en las ferias del evangelista Lucas. Y era bien rapaz cuando acudía con mis abuelos en el coche de línea del Lorito, so pretexto de visitar a un lejano pariente que andaba enredado con los latines y aquel año estrenaba tonsura en el seminario mayor. Nunca llegó a misa cantano. Mi abuelo me compraba la mejor de las golosinas que tuve nunca, un bollo de pan que recuerdo caliente, de humana hechura y caprichosa forma, labrado, que esa y no otra es la palabra que le cuadra, por un artesano panadero que tal vez antes había aprendido el oficio de los alfares. Y así, año tras año, iba descubriendo la geografía de las rúas mindonienses como quien descubre un mapa del tesoro. La calle de Batitales, la plaza nueva donde se vendían los cacharros de la roja arcilla campesina, en la que siempre pedía a mi abuelo un nuevo peto de barro donde guardar mi menguada fortuna infantil. Conservo en algún sitio una foto relicario del otoño festivo en Mondoñedo. Debió de ser la última visita al seminario con mi primo segundo vistiendo un traje talar que muy bien le caía. Es una fotografía hecha por un retratista ambulante que repentizaba daguerrotipos al minuto. Mucho he gozado con la sorpresa que me causaban los potros, las yegüas, los garañones, toda la grea caballar relinchando en el ferial, los vendedores de perros para la caza, perdigueros de Burgos, setters recriados, y un día vi cómo vendían un saco con tres gatos ratoneros en una gatomaquia que tal vez haya inventado mi imaginación. Las San Lucas, zoco y medina de vendedores de mantas zamoranas, mercaderes de ropa vieja y sombreros usados, oculistas de fortuna con su mercaduría de lentes y antiparras, ciegos relatores de crímenes horrendos y un largo qué sé yo que todavía bulle en mis recuerdos. La última vez que estuve un dieciocho de octubre en Mondoñedo era el más mozo de los invitados al ágape anual que se organizaba en los bajos de la casa de Mourelle, donde estaba el banco Pastor, y que presidía Cunqueiro y Paco del Riego. Allí acudí con mi padre y después de un almuerzo infinito nos dirigimos en procesión cívica hacia el campo de los Remedios, cantando un himno compuesto para la ocasión y que comenzaba con las estrofas que aludían a un mariscal más liberal, decía la marcha, que dios. Me hubiera gustado portar un guión episcopal para abrir la procesión nocturna. Era yo un adolescente y aquella canción aún resuena inolvidable en mi memoria. Esta edición de las muy notables ferias y fiestas de San Lucas estaré en Suecia, pero me acercaré a la página web de Mondoñedo, a todos los punto com que den noticia del transcurrir de estos días dorados del otoño. Será una forma nueva de participar en la fiesta, aunque más de mi agrado sería visitar en internet una página llamada obispoguevara o pasatempo.com . Lograríamos que las dos referencias medievales de Mondoñedo tuvieran otra vez mil primaveras de prórroga. A la hora del ángelus, en la distancia y en la nostalgia, oiré cómo tañe la Paula, con sus badaladas que siembran en el viento y por el valle, la canción eterna de la melancolía.