A FINALES de julio de 1968, Ahmed Hassan Al Baker, militar de carrera y miembro del movimiento de los Oficiales Libres, se proclamó, tras un sangriento golpe de estado, presidente de la República de Irak. Entre sus colaboradores destacaba un joven, sin oficio conocido pero de probada ambición, llamado Sadam Husein. El treintañero Sadam unía a su dedicación la virtud de ser primo del nuevo presidente. En un país en donde la pertenencia a la misma tribu, familia o localidad es garantía de progreso o aniquilación, dependiendo de los vientos que soplen, Sadam se aferró a Al Baker con la fuerza que da la necesidad. Y es que Sadam había vivido mucho y mal. Había sido testigo, e incluso, víctima del proceso de ebullición política, revueltas populares y levantamientos militares que, en 1958, desembocarían en el derrocamiento y asesinato del rey Faisal, la constitución de una república y el ascenso de Abdul Karim Qassem a la presidencia del país. La década que siguió a este cambio radical en la política iraquí se caracterizó por sucesivos golpes de estado que permitieron ascender y asesinar, de forma alternativa, a diferentes políticos y militares. Acostumbrado, pues, a un entorno hostil en el que sólo los más rápidos, los más fuertes y los más listos eran capaces de sobrevivir y subirse al carro de los vencedores, el joven Sadam Husein se encargó, desde 1968, de la ingrata tarea de eliminar a cualquier posible rival de Al Baker así como a cualquier representante de la oposición. La perfección con la que cumplió esta encomienda le llevó a extenderla a todos aquellos otros primus inter pares que pudieran contestar su imparable ascenso al poder en Irak. Tan secreta y sangrienta actividad, llevada a cabo con la habilidad de un estratega de ajedrez y con la implacable eficacia propia de un verdugo inmisericorde, le permitió convencer a Al Baker, en 1979, para que dimitiera voluntariamente y le proclamase nuevo presidente de Irak. Pero Sadam, además de garantizar la permanencia en el poder de los afectos a Al Baker y, por ende, a él mismo, se encargó de llevar a cabo determinadas políticas que marcarían de forma decisiva el futuro iraquí. Así destacan acciones como la nacionalización del petróleo en 1972, la firma del tratado de Argelia con el Sha cediendo las aspiraciones territoriales a cambio de garantizar la neutralidad iraní en la cuestión kurda, etcétera. Sadam Husein no es, pues, un recién llegado a la palestra pública y tampoco un novato en el escenario político de Oriente Próximo. Lleva haciendo de las suyas a su libre albedrío desde 1968. Resulta pues paradójico que, tras tres décadas de tropelías, de repente, Estados Unidos se haya dado cuenta que no es una persona adecuada para gobernar Irak y que debe ser derrocado. No puedo sino admirarme de la rápida percepción de Bush sobre la situación en Irak y su decidida campaña para liberar al pueblo iraquí de semejante dictador. Y después, ¿qué? ¿Cuánto tardarán en reconstruir el país? ¿Otros treinta años?