AUNQUE LES HAYAMOS dedicado menos atención que a las pateras o al incidente de Perejil, la celebración de elecciones generales en Marruecos es, por sí misma, una gran noticia. La baja participación, la discutible limpieza del escrutinio o el que tres millones de marroquíes residentes en la UE no hayan podido votar son hechos lamentables. Pero la democracia no es una conquista subitánea, sino un camino de práctica y lenta convicción, en el que la meta nunca es perfecta. El dedo tintado de un elector, tras ejercer su derecho al voto, que apareció en las portadas de muchos diarios, es todo un símbolo. Y sobre todo su gesto, mostrándolo con orgullo. Pobreza, desigualdad, emigración forzosa, analfabetismo... se reflejan en esa huella, pero también mucha esperanza de empezar a acabar con todo ello. Deberíamos alegrarnos, incluso por egoísmo, ya que sólo un Marruecos razonablemente democrático permitirá normalizar nuestras relaciones con este arisco y hoy esperanzado vecino del sur.