AL DÍA
28 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.EL ÚLTIMO domingo musulmán, el pasado viernes, se han celebrado en Marruecos elecciones generales, envueltas en distintas referencias: alentadas expectativas de autenticidad y pureza mayores; crisis económica y social de notoria envergadura; alentada tensión nacionalista, a propósito de la instrumentada y fabricada crisis político-diplomática con España, por causa del irresuelto (por Marruecos) problema del Sahara Occidental. Esta última referencia -expresiva de una voluntad de involucrar a España en las consecuencias de un problema creado con la Marcha Verde, en noviembre de l975- es de naturaleza limitadamente coyuntural, por el mucho tiempo que arrastra. Las otras referencias son de índole estructural: ideológica, laicismo frente a islamismo; étnica, con un 70% aproximado de bereberes; cultural, campesina y urbana; idiomática, árabe, cherja y tarifit; geopolítica, por el enorme peso diferencial del Rif; político-social, expresiva de la profunda distonía entre la realidad sociológica del país y los tres circuitos de la política formal marroquí: el Rey, el Majzen o ámbito de poder cortesano, y los partidos, cuya legitimidad democrática se subordina a la gravitación de las otras dos órbitas de poder. En el centro de ese sistema planetario no está el Sol, sino la Media Luna de la legitimidad religiosa del Rey, comendador de los Creyentes. Sin reparar en la complejidad de ese mosaico será difícil entender qué resulte de estas elecciones y en las relaciones con España. Sólo faltaban a Rabat, para el barullo sobre el que flota, los bereberes del Sahara y la tutela, siempre interesada, de Francia.