LA PROPUESTA de Ibarretxe es buena. Tan buena, que desafía la ortodoxia de la España política. Es imaginativa. Tan imaginativa, que sólo a él se le podía ocurrir. Es utópica. Tan utópica, que parece un reto al sentido común. Es original. Tan original, que no pensábamos que alguien se pudiera proponer una cosa así. Es lógica: de lógica nacionalista, que es la del lendakari. Es moderna. Tan moderna, que propone volver a los pactos de asociación de los antiguos señoríos de la Edad Media. Y, finalmente, es una propuesta de futuro. De tanto y tan lejano futuro, que no la verán nuestros ojos. Sólo tiene un pequeñísimo defecto: es irrealizable. ¿Y por qué es irrealizable, si Ibarretxe piensa que ese pacto es deseado por la mayoría del pueblo vasco? Por un par de también pequeñísimas razones. Una, porque nos mete en tal jardín de reformas, Constitución incluída, que sólo pueden ser superadas con el acuerdo de los partidos Popular y Socialista. Y esos partidos nunca darán el visto bueno a una propuesta que consideran poco menos que enloquecida. Otra, porque Ibarretxe tiene un pecado original: crea desconfianza. Nadie no nacionalista se fía de sus intenciones. Y es para no fiarse, porque hizo el discurso parlamentario más soberanista de su mandato. Es un discurso para distanciarse de España, no para integrarse más. Y, con ese objetivo, no puede ser aceptado por quienes defienden la unidad de la Nación española. Pero ojo, Gobierno de España. No estamos ante un loco. Visto desde el País Vasco, Ibarretxe se ha situado ayer en el medio del escenario. Deja a un lado a ETA, y a otro al españolismo. Para muchos vascos, se ha erigido en la referencia del equilibrio, del centrismo, que revaloriza su figura. Desde ayer es el árbitro de las tensiones, que ofrece una propuesta para conseguir la pacificación. Como valor electoral, seguro que está en su máxima cotización. Y eso también es una victoria.