El horror no es de Galicia, es del alma

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

SE LO CONTABA ya en un ojo público que escribí poco antes del verano. Edgar Allan Poe, padre de la literatura de terror, se defendía de la acusación de imitar en sus relatos a la narrativa romántica alemana con una frase que provoca aun hoy un verdadero escalofrío: «El horror no es de Alemania», decía Poe. «Es del alma». Tampoco es de Galicia, por más que así pudiera parecerlo en estos días, leyendo la crónica -espeluznante- de crímenes tan primarios y brutales como los cometidos en Neda y en Monfero. De hecho el crimen mismo, cualquier crimen, pero más cuanto más tosco e irracional, coloca al observador en ese límite de la comprensión humana que nos fuerza a recurrir para entenderlo a motivaciones racionales. Eso explica que en un tiempo llegasen a pasar como teorías respetables las erráticas doctrinas de antropología criminal aportadas por Lombroso. La publicación en 1876 de su obra El hombre delincuente planteó una hipótesis de fondo que, de ser cierta, hubiera resultado incluso tranquilizadora: el delincuente era, según Lombroso, un ser enfermo y anormal, cuyos comportamientos tenían, casi siempre, un componente biológico, incluso atávico, que determinaba su actuación por encima de su libre voluntad. El libre albedrío no existía, en consecuencia, y el delincuente delinquía porque esa era, por así decirlo, su tendencia natural. Frente a ese determinismo antropológico se levantó muy pronto la bandera de la sociología criminal, según la cual el delincuente quedaba reducido al papel subalterno de un mero producto social (de la riqueza o la opulencia, la libertad o la represión, el relativismo moral o el dogmatismo) sociedad que era, a la postre, la auténtica culpable del delito. Aunque partiendo de unos presupuestos casi opuestos a los de la antropología criminal, la sociología coincidía con ella en un punto decisivo: en que el libre albedrío no existía y en que, por tanto, el delincuente delinquía porque esa era, por así decirlo, su tendencia social. Gracias al desarrollo de la moderna psiquiatría y de la actual sociología hoy sabemos que existen, en efecto, criminales que son auténticos chalados o puras víctimas sociales. Pero sabemos también que hay criminales que se deciden por el mal, pese a disponer de condiciones personales y sociales para elegir el camino de la ley. Y es que, sí, el libre albedrío existe en muchos casos: todos aquellos en que la sociedad se considera con derecho a castigar a quien elige hacer el mal a los demás pudiendo elegir no haberlo hecho. Una elección que en esos casos depende del alma solamente: de ser o no ser un desalmado.