SI ES USTED un superviviente de la ola mediática que barre el Occidente; si no va disfrazado de bombero, mirando embelesado a la bandera y cantando, mano en pecho, The Star-Spangled Banner ; si cree que la medalla del 11-S debe tener dos caras; si las ruinas de la Gran Manzana le producen el mismo horror que las de Kandahar; si cree que las bombas atómicas de Israel o Pakistán matan igual que las que podría construir Irak «si una potencia extranjera le suministra uranio y asistencia técnica» (¿?); si cree que en las guerras hay muertos de verdad, y si no le gusta que su presidente hable de arrasar Irak con la misma fatuidad con la que comenta una huelga general, le invito a hacer un ejercicio muy útil para interpretar el mundo con total autonomía. Busque un atlas, de esos que va a regalar la Xunta el año que viene, y ábralo por el Mapamundi. Haga fotocopias en tamaño A-3 y, como si fuese Colin Powell o Donald Rumsfeld, empiece a trazar planes para dominar el mundo. Su primera tarea consiste en situar los cinco bloques en pugna. El clan de los opulentos, con Estados Unidos en plan macarra y con Europa y Rusia haciendo de queridas complacientes. El grupo de los postulantes inevitables, con China e India a la greña. La caterva de los miserables relevantes, situados en el norte de África y el Medio Oriente. El bloque de los miserables sobrevenidos e irrelevantes, que llenan la America Central y del Sur, el resto de África y parte del Extremo Oriente. Y el club de las dictaduras insaciables, que disfrutan del petróleo y la posición estratégica que los ricos apetecen. A continuación haga flechas y cálculos, y verá que pronto le sale una guerra. ¿Qué haría usted, si fuese Bush, con Afganistán, Irán e Irak? ¿Por qué hemos olvidado a Gadafi, a los fundamentalistas argelinos y a Milosevic, que eran los malos oficiales? ¿Qué utilidad se desprende de estas guerras casi exóticas? La conclusión es evidente: el repugnante ataque a las Torres Gemelas, y las repugnantes guerras de Afganistán e Irak, son cosas muy distintas. Y, con vistas a la reordenación del mundo, el 11-S no es más que el Pisuerga que pasa por Valladolid. La amarga verdad es que acaba de empezar una Tercera Guerra Mundial de muy extraña factura: difusa y larga, de baja intensidad, sin objetivos confesables, hecha por capítulos, lejana y muy respetuosa con la economía de los ricos. Una partitura inédita que sólo saben interpretar los tres tenores: Aznar, porque necesita una guerra mundial para erradicar la violencia callejera. Blair porque quiere compensar su tibieza europeista. Y Bush, porque es el capo, y va muy bajo en las encuestas. ¡Bravo! ¡O-trá, o-tra, o-tra!