06 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

GALICIA ES, según la Universidad de Córdoba, la segunda comunidad española con más burros, totalizando 25.000 pollinos, lo que representa el veinte por ciento de la cabaña asnal del país. Los burros han aumentado en Galicia desde el último censo de estos animales, realizado hace diez años. Aunque en realidad donde se incrementaron de manera espectacular ha sido en Euskadi, al pasar de apenas 100 ejemplares en el 92 a más de 8.000. Se conoce que el clima y el proteger a una raza autóctona, el llamado asno de las Encartaciones, que se cría especialmente en Vizcaya y el norte de Álava, favoreció el crecimiento de la cabaña de pollinos. Los años ochenta fueron realmente malos para el burro español, que vio cómo desaparecían en veinte años más de seiscientos mil ejemplares, extinguiéndose algunas razas autóctonas como el burro mallorquín. Se ven poco estos animales que llegaron a ser como una divisa de la postal, de la foto fija española de posguerra. Eran el patrimonio laboral de los más pobres trabajadores agrícolas, tracción de sangre y animal de compañía todo a un tiempo, resultaban abnegados y fieles. Tenía un burro quien no podía poseer un caballo. Fue cabalgadura de Sancho Panza y obra literaria de Juan Ramón. Existe toda una cultura en torno al burro, una geografía que delimita razas y arquetipos, y si ahora reaparece con brío en Galicia, el país con mayor número de tractores por metro cuadrado, en otros lugares como Cataluña casi se ha extinguido el tenaz y grande burro catalán, el burro europeo por excelencia -si es que en Europa hay burros-, que antaño fue muy utilizado para obtener mulas y burdéganos. Pero desde que en el ejército español no hay mulas, el burro catalán dejó de ser rentable. Los planes de desarrollo, la cultura del bienestar, habían condenado al asno a convertirse en materia para elaborar comida para perros y memoria de una España que estaba mudando sus costumbres y sus miserias. Pero el burro supo encontrar defensores e incluso entusiastas que iniciaron una política de recuperación del animal, sin un destino de trabajo agrícola. Fue abanderado de esta causa Camilo José Cela, que elaboró un apasionado discurso a favor de este animal bíblico. Somos los segundos, aunque nuestros burros gallegos resulten poco menos que invisibles. Es raro encontrarlos, como antaño, circulando por la izquierda de las carreteras. Debe de ser el signo de los tiempos, los aires difíciles de un cambio que no es más que el viejo eslogan lampedusiano que argumenta que es necesario que algo cambie para que todo siga igual. Y sin buscar connotación alguna, Galicia recupera sus burros; somos los segundos, detrás de Castilla y León, que está a la cabeza.