Teresa

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

26 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

HUBO UN TIEMPO en que una pardela volvía todas las primaveras a Santa Cruz de Oleiros para alojarse en su conocido hotel, donde Eduardo, su director, la cuidaba y atendía como huésped distinguido. La pardela es una criatura del aire, fiel y leal en su compromiso de amistad con esos extraños bípedos sin alas, con cuyos cachorros menos peligrosos se atrevía a jugar. Como cada cuatro años desde hace un cuarto de siglo, ha vuelto Teresa a su bonita tierra cedeiresa. Teresa parece un personaje de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier. Pero la selva donde ha decidido vivir para llevar enseñanza y sanidad a la gente es bien real, por mucho que nos resulte lejana, o inhóspita. A casi dos días de distancia de Lima por caminos peligrosos en los que los bandidos no son tan simpáticos como el Fendetestas de la fraga de Cecebre, ese mundo perdido forma parte de esa realidad hispanoamericana que no suele estar tan presente en los medios de comunicación como los avatares políticos, o las vicisitudes de la pertinaz deuda. Pero Teresa es testigo de una otra deuda, aún más real si cabe, la del hombre actual con ciertos indígenas y con la naturaleza. En verdad, la que tiene consigo mismo. Como expresa cierta ley, común tanto a la Cultura como a la Naturaleza, el orden del intramuros del sistema se realiza generando desorden o entropía extramuros del mismo. Se talan los árboles y se expulsa a los habitantes de la selva. Van y vienen los Fujimoris, Alan Garcías o Toledos como personajes de una infinita comedia de enredo, pero permanece apenas inmutable el desamparo de los débiles, salvo por los desvelos de gentes esforzadas y anónimas en cuyo inmenso corazón cabe el mundo. Los habitantes de esta frontera, más que una nueva coalición con el APRA que salve el fracaso político peruano, quizás esperen que se hagan vivas las palabras del viejo Gandhi, cuando recordaba que las batallas verdaderas se dan en el corazón de las gentes. Otro maestro, Cervantes, hace que don Quijote reciba la transmisión iniciática en forma de corazón, el del caballero Durandarte, que le muestra el venerable Montesinos. No Vladimiro, naturalmente. Desde muy antiguo el ave y el corazón son símbolos de la conciencia del alma y del centro espiritual. La pardela parece que se ha perdido en su vuelo. Nos queda el corazón de Teresa. Ese inmenso corazón abismado en paz profunda que nos muestra su mirada limpia, dulce y serena, convertido en un manantial de solidaridad fraternal.