¿Se acuerdan de Carpanta? Sí, sí, el de las viñetas para niños, insuperable quintaesencia de un país hambriento, roñoso y miserable que, salvadas todas las distancias, entroncaba directamente con el de El Lazarillo y El buscón . De hecho, ningún sesudo estudio sociológico podría describir mejor el país en que nos criamos los españoles nacidos entre los cuarenta y los cincuenta, que los personajes de Pulgarcito , el Tio-Vivo o DDT . ¿Los recuerdan? El botones Sacarino , Pepe Gotera y Otilio (chapuzas a domicilio) , Rigoberto Picaporte (solterón de mucho porte) , la familia Trapisonda , Zipi y Zape , las hermanas Gilda , Pepe «el hincha» . Aunque, claro, ni uno de ellos resultaba comparable a los que, amontonados, vivían en la casa de vecinos de aquella 13 rue del Percebe abierta a los lectores por uno de sus lados, auténtica metáfora de la cutre España del franquismo: el frutero que sisaba en el peso a los clientes; el sastre que engañaba en las medidas; la fondista que amontonaba a sus pensionistas sin piedad; el veterinario cegato que confundía uña de perro y diente de león; el sablista que huía de su legión de acreedores; los niños que sacaban de quicio a su mamá; el caco inútil y malaje; y, en fin, el ascensor... el ascensor que nunca funcionaba. ¿Quién podía, en aquella España del carajo, dedicarse al atletismo? Sólo un loco. Por eso el atletismo era para los chavales de mi quinta cosa de extranjeros que, en los sesenta, comenzamos a ver emocionados por la tele. Pues en España no existía el atletismo. Existía la Educación Física, llamada por algunos de mis compañeros «la ginasia», ciencia que en el Instituto de A Estrada enseñaba el Señor Castro, jefe local del Frente de Juventudes de la época. ¿Y qué era «la ginasia»? Pues una bolsa de deportes que olía («y no a ámbar», según dijera a Sancho Panza Don Quijote), un calzón azul con rayas blancas laterales, una camiseta de tirantes, un potro y poco más. Entre aquella educación física -que ni era física, ni era educación- y las quince medallas de los últimos campeonatos de Europa de atletismo, media el mismo abismo que, digamos, entre el cine de Almodóvar y el cutre y casposo de los Landa y López Vázquez. Por eso, aunque el triunfo de nuestros jóvenes atletas servirá a algunos para hacer españolismo de ese que a los no nacionalistas nos pone colorados, no es esa la perspectiva del asunto que me parece más interesante. Lo importante de verdad es que esas quince medallas -como las de los alemanes, italianos o suecos- significan que nuestros deportistas han salido ya del 13 rue del Percebe . Lo que ha exigido que salgamos, con ellos, los restantes cuarenta millones de españoles.