09 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La posibilidad de que los saharauis alcancen su independencia parece desvanecerse paulatinamente en un horizonte de arenas movedizas, quizá porque empieza a tener en contra el sentido común. Los marroquíes, prepotentes frente a los propios saharauis y serviles ante EE.UU. y Francia, han logrado imponer un discurso perverso: el Frente Polisario puede luchar por la independencia de su territorio e inmolarse en esta lucha o puede aceptar una autonomía «a la española», si la voluntad de Mohamed VI llega a tanto (y la comunidad internacional decide hacerle llegar). Ésta es la disyuntiva maldita. Un pueblo que cuenta con el respaldo internacional para lograr su independencia, no tiene la fuerza necesaria para conseguirla. Es como si lo respaldasen para llegar a Júpiter en globo. Aceptar esta realidad, dicen, es actuar con sentido común y probablemente salvar a un pueblo de la extinción. Pero también es otra muestra del realismo implacable y miserable de los intereses creados. A todos les atraen los cuantiosos recursos minerales del Sahara, pero a nadie le preocupa realmente el destino de los saharauis, más allá de un apoyo retórico y formal. La condición humana no da para más, ni siquiera con la ONU en sus mejores días.