SE CUMPLEN, este 4 de agosto, 40 años del suicidio -en condiciones controvertidas- de Marilyn Monroe. Había roto con el cantante Yves Montand, tenía un idilio secreto con el presidente Kennedy, y acababa de divorciarse del dramaturgo Arthur Miller. Conocí a éste en Venezuela hace unos años. Pasamos juntos un fin de semana, a orillas del Caribe, en casa de unos amigos comunes. Miller estaba con su nueva esposa, una célebre fotógrafo, y la consigna era: no hablar nunca de Marilyn. Pero la curiosidad pudo más y, a la hora del té, mientras su compañera daba un largo paseo por la playa, le preguntamos por Marilyn. Contestó tranquilamente, con su bella voz, como si hablarle de ella fuera la cosa más normal. «Su belleza le dolía -nos dijo- y más aún su celebridad. Lo que quería era ser una buena actriz, que la apreciaran por su inteligencia dramática. Por eso siguió los cursos del Actor's Studio, con Lee Strasberg. Detestaba haberse convertido en un icono sexual, en la rubia mitica, y que la adoraran sólo por su cuerpo, su cabello y sus pechos. Pero su mito acabó por destruirla». Miller tenía razón. Pues, más allá del sex symbol , lo que Marilyn representa, en el contexto de la civilización cristiana, es la crisis de una forma de religiosidad tradicional y la adopción silenciosa de otra más laica, más sensual y más pagana. Con Marilyn, durante los años 1950, se relega el culto católico de los santos para iniciar la adoración de los nuevos dioses propuestos por el cine, el deporte y la canción. En el ambiente naciente de la sociedad de consumo, y en el mismo firmamento norteamericano en el que aparece Marilyn, surgen otras estrellas inolvidables como James Dean o Elvis Presley, también muertos prematuramente, y que serán (son aún) objeto de una increíble iconofilia, veneración colectiva. El cine mudo y en blanco-y-negro ya había producido mitos universales -baste citar a Greta Garbo y Rodolfo Valentino-, pero en los años 1950 los astros que se imponen, en cinemascope, colores y con voz propia, seducen a una categoría social nueva, inventada en esos años prósperos y despreocupados: los adolescentes. Nuevas mitologías A la búsqueda de su propia identidad y totalmente fascinados por la celebridad, los adolescentes de aquellos años se inspiran en las nuevas mitologías producidas industrialmente por la sociedad de consumo y se dotan de los atributos milagrosos indispensables: pantalones vaqueros, zamarra de cuero, cancán, biquini, moto, coche, tocadiscos... El panteón de dioses nuevos que aparecen entonces les permite elegir a su ídolo personal, al que rendirán culto, imitarán en su manera de peinarse y de vestir, y cuya imagen santa -el póster- triunfará en las paredes de su cuarto-capilla. En el retablo de las nuevas divinidades, Marilyn ocupa un lugar central semejante al que tiene la Virgen María en los altares tradicionales de las iglesias católicas. Su nombre, Marilyn, es un derivado de María, y no es una casualidad. Como María, Marilyn representa la feminidad, la fragilidad, la inocencia, el dolor...Y a la vez, en oposición a María, Marilyn encarna todo lo contrario: la sensualidad, la seducción, el impudor, la risa, el sexo... Por eso, en la mirada machista del hombre, Marilyn es, al mismo tiempo la Virgen y Salomé, diosa y diablesa, la madre y la puta... En realidad, como nos lo decía Arthur Miller, en la historia de la liberacion feminista, Marilyn representa una mujer de transicion. Dueña al fin de su cuerpo y de su sexualidad, consciente de su dominacion sobre los hombres, ridiculizados por su dependencia del sexo, pero aun prisionera de su imagen. Caricatura de la feminidad hollywoodiense, Marilyn abre sin embargo la vía a la mujer liberada de los años 1960 y 1970. Aquélla que, sin renunciar a su cuerpo y al placer, romperá las cadenas de la tradición, de la religión y de los clichés machistas para hacerse apreciar y respetar por sus cualidades intelectuales. Y la que afirmará por fin que el principal atributo físico de la mujer es... su cerebro.