LAS RELACIONES internacionales españolas no atraviesan por su mejor momento. No es ningún descubrimiento. Tenemos abiertos frentes importantes, producto de una política tan desacertada como soberbia. Son cuestiones a las que hay que buscar solución a corto plazo para no agravar aún más el papel español en el contexto internacional. La llegada de Ana Palacio al Ministerio de Exteriores español no podía producirse en peor momento. Sin tiempo para un traspaso de poderes pausado se ha visto inmersa en una serie de conflictos a los que, a duras penas, ha tenido que hacer frente. Pero los inicios son tremendamente esperanzadores. Ha demostrado su vocación de bombera capaz de apagar los más devastadores fuegos. Palacio, en cuestión de días, supo imprimirle al Ministerio un aire nuevo. Desenfadado. Espontáneo. Creíble. Riguroso. Dialogante. Se ha tragado las impertinencias del marroquí Benaísa. Ha soportado los desplantes en su viaje a Rabat. Aceptado sonriente la habitual beligerencia marroquí. No ha dudado en expresar su apoyo a las reformas iniciadas por Mohamed VI. Y en sus comparecencias en el Congreso, ha sabido transmitir, sin convencionalismos ni demagogias, con planteamientos cabales, una actitud creíble, pero firme. Una nueva forma de entender la diplomacia. La nueva ministra se antoja una mujer de talento, con capacidad y tesón. Lo necesita para llevar a España al lugar que le corresponde en el concierto internacional. Se antoja dialogante. Imprescindible en un departamento como el que le ha tocado dirigir. La nueva ministra, incluso con un look sorprendente, va a precisar de toda su sapiencia y encantos para recomponer la maltrecha política exterior española. Pero, sobre todo, da la impresión de que España necesita de su cordura.