LA YUXTAPOSICIÓN de los actos civiles de afirmación autonómica a la festividad del Apóstol Santiago continúa la mentalidad arcaica de mezclar lo profano y lo sagrado. Juntaría más el separarlos. La leyenda jacobea enseña la manera de integrar al extranjero. A pesar de haber llegado el palestino descabezado, sin papeles y en patera de piedra, tuvieron la piedad de darle tierra virtual y guardar su memoria hasta que estrellas y músicas celestiales descubrieron su tumba. En torno a ella se formó un centro de romería que tornearía la historia de Galicia. Hay ideólogos del nacionalismo que ven en esto un mito pre-galleguista. Pero algún propagandista avispado cayó pronto en que el Hijo del Trueno, alias denunciador del zelota hostil al ocupante romano, servía para adalid de las huestes cristianas contra el infiel invasor, y tornaron al mártir en un Cid Campeador a lo divino... En la catedral compostelana un representante regio lee hoy la ofrenda de la católica España a su Santo Patrón, por cuyos bríos y denodado brazo desalojara antaño al moro, no de una ínsula cagada de cabras, sino de toda una península tomada también por sorpresa. Pocos solicitan el fin a esta tradición. Pero es gran maravilla que, ya en un Estado aconfesional, todavía siga la Corona ejerciendo un privilegio propio del régimen de cristiandad y teñido de simbología poco amistosa. Que le devuelvan a la Iglesia la libertad de reorganizar la ofrenda en clave religiosa y actual: el matamoros no era otra cosa que un predicador de utopías de fraternidad. Instituciones y partidos acordaron celebrar en el del santo más taquillero el Día de Galicia, con la mira de estimular el orgullo de pertenecer a una comunidad primera en todo (salvo en mitilicultura, que va detrás de China). Pero el día de los gallegos no acaba de llegar.