Cuando Arístides, el griego, se dispuso a cantar la grandeza del Imperio Romano, tomó como referencia la capacidad de medir, dando a entender que una tierra bien calibrada y ordenada es sinónimo de una civilización avanzada. Y así lo dejó escrito: «Midieron todo el cosmos habitado, tendieron puentes sobre los ríos, cavaron caminos en las montañas, hicieron habitables los desiertos y pusieron orden en el mundo mediante la costumbre y la ley». Por eso yo, que soy un poco antiguo, me echo a temblar cada vez que alguien mide el progreso de mi tierra a ojo de buen cubero, encomendando a la tosca percepción de los sentidos lo que otros miden al céntimo en sus estadísticas oficiales. El índice del coste de la vida, que influye en nuestros sueldos y pensiones se mide por centésimas de euro. También la inflación y el crecimiento, que se traducen en nuestros créditos e hipotecas, se establecen con precisión absoluta y validez universal. Y lo mismo se hace con las demás variables económicas que determinan los fondos de cohesión, las inversiones en bolsa, la renta per cápita, el índice de confianza empresarial, la balanza de pagos o los vaivenes del consumo. En las sociedades modernas y avanzadas se mide todo, y se controla todo, sin que nadie ponga en duda la objetividad de los medidores ni la metodología que se usa para homologar y dar eficacia a los datos. En todas partes se hace así, menos en Galicia, donde el progreso se ve a ojo, y donde pueden despreciarse las unidades con más facilidad de la que un alemán se permite para despreciar las centésimas. Dicen que la economía española creció un 2,71% en el 2001. ¿Y la gallega? Pois asejún se mire, entre el 2,26 y el 2,80%, que es tanto como asomarse a la ventana y ver el día o la noche, dependiendo del observador. Donde el INE (Instituto Nacional de Estadística) ve cien turistas, el IGE (Instituto Galego de Estadística) ve trescientos cincuenta. Cuando el INE nos ve por detrás de la media española, el IGE nos ve por delante. Donde los hoteleros ven camas vacías, la Xunta ve pura pornografía, con tres o cuatro turistas en cada cama. Y donde el INE ve un país que no acaba de arrancar, en la cola de Europa, la Xunta ve un espejo de virtudes en el que se miran los países avanzados. Claro que, así a ojo, tiene razón Fraga. Nuestro país progresa adecuadamente , y nadie que esté en su sano juicio puede poner en duda que en la Galicia de hoy tenemos más ordenadores, coches y teléfonos móviles de los que había en toda España en tiempos de la República. Pero a mí me gustaría que, una vez comprobado el alto grado de conformidad que nosotros le prestamos al progreso palpable, también hiciésemos algo para modificar las estadísticas del INE, gobernando como Dios manda, si es posible, o yendo al juzgado para exigir que nos midan a la carta, como hace el IGE. Mientras tanto habrá que aceptar lo que somos: ricos o pobres, asejún quien lo diga.