No es cierto que la renta de los gallegos sea 3.500 euros inferior a la media española. Lo han publicado los periódicos, pero no es cierto. Ni que Galicia se aleje de la renta española. Lo ha dicho el INE, pero tampoco es cierto. El INE no tiene solvencia para evaluar la economía gallega. Vale para otras comunidades, pero no para la nuestra. Lo ha dicho la Xunta, que se ha puesto como un basilisco porque nuestro país no sale nada favorecido en el último retrato económico. Los datos realmente fiables son los que ofrece la Xunta. Que no se compara con nadie. Los que periódicamente nos brinda sobre las situaciones sanitaria, educativa, económica, pesquera, agrícola, política de subvenciones, creación de empresas y celebración de romerías y tertulias de magos y alfareros, o sobre la producción de cerezas y membrillos. Por obligación, devoción y admiración, uno le concede razón al gobierno autónomo. Y no a ese organismo que nos ha hecho sonrojar. Galicia es única. No tenemos por qué sentir sensación de fracasados. De derrotados. No tenemos por qué creer que Galicia va mal. Por mucho que diga el INE. Lo que hay que hacer es exigir que no nos incluyan en más estudios. O lo que es lo mismo, pedir su disolución. Periódicamente nos vemos obligados a padecer, innecesariamente, un bochorno que no merecemos. Aunque en esta ocasión nos quede el consuelo de que Andalucía y Extremadura están aún peor. Y eso que las gobiernan los socialistas, que ya se sabe que son peores en todo. Un país que subvenciona las fiestas de la cococha, el chorizo, el rape, la sardina y la empanada, nunca puede ser un país en retroceso económico. Un país convencido de hallar gasolina en el grelo, no puede ser un país con índices tercermundistas. Un país, como este nuestro, en el que sus gentes destilan humor por todas partes, es un país con un presente muy distinto del que nos pintan desde Madrid. Hasta de sus cifras nos reímos. Aunque, en ocasiones como ésta, reír es llorar. Desconsoladamente.