Dicen los médicos que detrás de cada enorme éxito obtenido en un quirófano hay una larga cadena de pequeños fracasos de la medicina preventiva o de la patología general, que llevaron al enfermo hasta allí. Claro que también en esta afirmación hay matices y excepciones, pero no tantas como para ir al director del hospital a agradecerle la feliz extirpación de un tumor que tardaron dos años en diagnosticar. Pues lo mismo sucede con las intervenciones militares, que son algo así como la cirugía evitable de las relaciones internacionales. Y por eso conviene no entusiasmarse demasiado con un Gobierno tan heroico que, después de tensionar de forma inconsciente y pueril la política norteafricana, presume ahora de haber sajado el furúnculo que nos empezaba a molestar allí abajo y por la parte de atrás. No se trata de discutir el acierto de la operación de comandos llevada a cabo por el ejército en la madrugada de ayer, ya que, tal como estaban las cosas, parece la única salida viable y digna para un problema tan menor como endiablado. Lo que hay que evitar es que nos salga la arrogancia del nuevo rico y poderoso que, parapetado detrás de la OTAN y la UE, se atreve a coger al moro y darle con la regla en los nudillos. Y lo que en ningún caso puede suceder es que todo el Gobierno se ponga a contar el incidente como si acabasen de invadir Irak o quisiesen poner su hazaña bélica en la continuidad histórica de Lepanto y Pavía. Porque tanto insomnio de Trillo, tanta información a la Zarzuela, tanta visión de Estado en la oposición y tanta explicación vulgarizada y ya digerida por la ministra Palacio -¡ojo al primer chamusque del nuevo Gabinete!- pueden llevarnos a agravar un problema que sigue intacto detrás de la urgente actualidad. También creo que deberíamos leer con más atención los comunicados de la Casa Blanca y de la ONU, e incluso, si me apuran, los de la OTAN y la UE. Porque en ningún caso se apean del empate cuando van al fondo de la cuestión, y porque dejan muy claro que, si los ponemos en la tesitura de escoger entre papá y mamá, pueden respondernos con una desagradable sorpresa. Porque lo que nosotros aportamos a la comunidad internacional va de suyo en un país civilizado, mientras que el autócrata rey de Marruecos es esencial para mantener los frágiles equilibrios del Magreb. El incidente en sí no pasa de ser una espinilla en la cara exterior de España. Pero da la sensación de que no está controlado, y de que las dos partes van jugando de farol, como si no se diesen cuenta del riesgo que corren al calentar una zona cuarteada por fallas políticas enormes. Pero Aznar siempre supo sacar buenos dividendos electorales de una arrogancia irresponsable disfrada de sentido común. Lo hizo al norte, con Euskadi, y lo va a hacer al sur, con Marruecos. Hasta que un día se descuide y le estalle la bomba en los fuciños . En los fuciños de España -¡ of course !- y de todos nosotros.