¿Quién nos iba a decir hace unos días que íbamos a oír hablar tanto de un islote del que antes nada sabíamos y que se llama de Perejil? Cometí el error de comentárselo a un judío listo, escéptico en varios idiomas, que cree poco o nada en la utilidad del diálogo entre judíos y palestinos. Me dijo sin asomo de duda: «Los árabes nunca quieren lograr acuerdos, sólo quieren abrir conversaciones. Ahora os vais a enterar los españoles. Ese islote es un hueso que no le interesa a nadie, pero ellos lo negociarán a cara de perro durante tanto tiempo como puedan. Estar negociando, aunque sea para nada, es su forma natural de sentirse bien, de estar haciendo lo que más les gusta. Yo, si fuese español, me armaría de paciencia, y quizá de algo más». Estaba clara la posición de mi interlocutor. Pero no fue en eso en lo que reparé, porque ya conocía su arrogante displicencia. Lo que me causó alarma fue lo que consiguió: que la neurona se me cargase de belicismo y me acordase de la Thatcher y las Malvinas y de la Marcha Verde sobre el Sahara. Felizmente, ahí se me empantanó la cavilación. Y regresé a la vía diplomática. Su éxito sería un gran ejemplo internacional.