14 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Francisco Franco en su caballo/ enjaulado, cetro en mano/ en la negra noche, cielo cano/ de la historia fulminado por su rayo. Ya no están entre nosotros ni Blas de Otero, ni Alberti, ni Celaya, ni Celso Emilio, ni tantos otros menos conocidos, para quienes la poesía fue «un arma cargada de futuro». Pero si estuvieran -ustedes sabrán disculpar mi atrevimiento- podrían haber escrito un verso como el que abre esta columna. Muchísimo mejor -¡qué duda cabe!-, pero más o menos de ese estilo. Qué imagen la de Franco enjaulado flotando, colgado de una grúa, para dar a un mal sueño carpetazo! Como en la canción, ahora sí se ha ido el caimán, aunque haya tardado veinticinco años en marcharse. Pero se ha ido, según su ley, acompañado de polémica Todavía ayer publicaba este diario una carta al director de alguien para quien «Franco cometió errores, pero tuvo muchos aciertos». Por ahí, justamente, anda la polémica: por un lado, los que ven en la retirada de su estatua un acto de justicia; por la otra, los que consideran a Franco historia y que, como tal, debe respetarse. Para que no quede duda alguna, les diré que estoy con los primeros. Y no por el pasado, sino por el futuro. Sí: por el futuro, sobre todo. Retirar la estatua ecuestre de aquel caudillo (¡vaya por Dios!) ha constituido, es cierto, un acto de justicia con los millones de españoles que sufrieron por culpa de su ambición irresponsable, de su cutrez de ideólogo fascista, de su degenerado sentido del deber, de su anticomunismo iletrado e infantil, de su santurronería reaccionaria y de su descabellada soberbia salvapatrias. Pero ha sido, además, y sobre todo, una lección de historia práctica para los que nada saben de Franco y del franquismo, que podrían acabar confundidos en este marasmo en que casi todos los gatos han venido a ser ya pardos. Tras la el final de la dictadura hemos asistido, como era de esperar, a una relectura de la historia, que, en democracia, ha podido ser, casi por vez primera entre nosotros, lo que ha de ser -el riguroso estudio del pasado- y no un arma arrojadiza para librar las batallas del presente. El peligro, sin embargo, de esa relectura es que se acabe colando de matute material de contrabando. Y material de contrabando, y no otra cosa, es sostener que Franco fue lo que no fue. Porque Franco fue un militar que traicionó al Gobierno legítimo que le había otorgado importantísimas responsabilidades militares. Franco las puso al servicio de una rebelión que estuvo en el origen del mayor drama colectivo de la historia de España en los dos últimos siglos: una guerra civil devastadora y una cruel dictadura militar, que, aunque diferente en su final y en sus inicios, se mantuvo sobre la inmisericorde represión de todos lo que no compartían el credo de su régimen. Ni un individuo así es digno de presidir plaza en parte alguna, ni los ferrolanos merecen un desprecio semejante. Por eso la retirada de una estatua puede ser mucho más que la retirada de una estatua. Cuando todas las de Franco hayan abandonado nuestras calles, del franquismo ya solo quedará su peor herencia: ETA militar y sus amigos.