Cuentan que cuando Valle-Inclán publicó su primera novela, Femeninas , no hubo un solo rotativo de su ciudad, Pontevedra, que le dedicara la mínima mención (exceptuando la crítica de su amigo Torcuato Ulloa). Tampoco escritores con los que compartía tertulias literarias en el viejo caserón de la plaza Méndez Núñez hicieron ningún comentario. Ante este silencio de piedra, el autor de Divinas palabras decidió tomar el primer tren y no regresar. Hay quien mantiene que todo hombre con decencia termina por hacer eso: abandonar el lugar donde nació y alejarse de él sacudiéndose el polvo de las sandalias. Cierto es que nadie puede ser profeta en su tierra y que don Ramón tenía enemigos. Pese a su barba venerable, era uno de los más temidos duelistas verbales de su tiempo, batalló contra la ramplonería en toda clase de reuniones, y eso tiene un precio. Perdió el brazo izquierdo, no por emular a Cervantes, sino como resultado de una reyerta literaria. Lo cual no deja de ser admirable. Si en alguna ocasión fue orgulloso o pagado de sí mismo, hay que reconocer que se lo podía permitir. Pero sería bastante errado tomar todos sus asertos al pie de la letra, ya que detrás de cada boutade latía el genio de alguien especialmente dotado para la ironía. En una ocasión, cruzando por el camino del Pardo, se encontró con un pastor acompañado de su rebaño que le exigió paso con urgencia. Al parecer, aquel don Ramón de las barbas de chivo se plantó, alzando el bastón al cielo y le espetó: «Apártate tú, vaquero, y deja paso a los hidalgos». Lo cuenta Javier Marías en su libro Miramientos . Pero, al margen de las anécdotas, lo verdaderamente importante es que sintió siempre que el mundo en que vivía era un mundo inacabado. Por algo escribía. Y sobre su escritura nadie dijo nada más certero que don Estrafalario, el personaje del prólogo y del epílogo de Martes de Carnaval : «Mi estética es una superación del dolor y de la risa. Como deben ser las conversaciones de los muertos al contarse historias de los vivos». Algunas deudas están saldadas. A los setenta años de la muerte del autor, disponemos, al fin, de su Obra Completa , publicada por la editorial Espasa, donde podemos encontrar prácticamente todo lo que escribió incluído un último y desconocido poema, en el que aparece con fuerza arrasadora una joven gitana: «Negra y crepuscular rezó en mi oído/ su agüero. En la tiniebla transparente/ De sus ojos, la luz era un silbido...». Sin embargo quedan todavía pequeños agravios por reponer y regreso ahora a Pontevedra, la ciudad que nunca lo entendió. En tiempos hubo en el Paseo de la Alameda un busto del escritor tallado en granito. Pero por alguna razón que desconozco, los vecinos del Lérez lo dejaron partir y hoy su cabeza está en la sierra de Barbanza, mirando los atardeceres lívidos de la ría de Arousa. Tal vez él lo hubiera preferido así. Pero yo, que opino que las ciudades se edifican con el reconocimiento y la memoria, lo reivindico aquí. No porque me importen nada los monumentos, sino sólo porque hay ciertas noches melancólicas en que me gusta conversar con las estatuas.