Hoy ya no mola hablar de la huelga general. El tiempo se la lleva con una velocidad de vértigo, y muy pronto veremos toda su enorme capacidad de protesta amontonada en un taller de desguace político, donde ya se enferruxan el movimiento anti LOU, el rechazo a la Ley de Extranjería, la protestas contra el comisario Fishler, y una larga serie de movilizaciones de toda índole que sólo duran hasta que un nuevo episodio reclama nuestra atención. Por más que Méndez y Fidalgo se empeñen en lo contrario, nadie consigue evitar que las protestas de ahora terminen estrellándose contra las dos murallas que protegen la gestión del Gobierno: una gran sensación de bienestar, que confiere un tono festivo a todas las reivindicaciones, y un alto grado de aceptación del sistema económico y de su racionalidad, que convierte la oposición en un pasatiempo estéril. Y así se explica que, mientras se discute si el paro alcanzó al 17 o al 80 % de los trabajadores, cosa que en sí misma es una burla intolerable, la prensa se rinda ya a dos nuevos episodios: un partido del Mundial hecho a la medida de los frívolos, y una cumbre europea pensada a la medida de los trascendentes. En este contexto, no me extraña que Aznar vea reforzado su look de reformador triunfante, mientras el PSOE y los sindicatos buscan fórmulas inéditas para asomarse a los telediarios. Pero mucho me temo que se van a equivocar otra vez, y que, mientras todos estamos aprendiendo a relativizar la transcendencia y las variables de la política interna y a prestar atención a las grandes líneas de la política europea, toda la oposición política y sindical se empeñe exactamente en lo contrario: bailarle el agua al Gobierno en las grandes políticas, y discutir a cara de perro las pequeñas reformas del sistema. Y así se entiende esa extraña forma de mirar y gesticular con la que Aznar suele explicarnos que dos y dos -también en Europa- son cuatro, que obliga a Rodríguez Zapatero a zambullirse, sin argumentos contradictorios, en su propio marasmo opositor. Frente a lo que nos jugamos en cumbres como la de Sevilla, donde nadie le hace la contra al Gobierno, los problemas de la huelga son como un juego de niños para consumo interno. Y por eso sería bueno saber si el PSOE acepta que Europa se convierta en un club antiterrorista sufragáneo de Bush, que la inmigración se afronte sólo con perspectiva económica y en interés exclusivo de los países de llegada, que se pueda bloquear la ampliación de la UE por falta de solidaridad interna, y que el futuro de Europa quede en manos de gallitos de pelea criados en un rancio nacionalismo de Estado. Decir no a todo eso, y razonarlo, sería tanto como crear una alternativa política para España y para Europa. Pero no tengan miedo, que ahí no van a encontrar al PSOE. Porque esas son cosas importantes, y los nuevos patriotas de la izquierda sólo discuten lo accesorio.