Mientras la España deportiva sonríe y eleva a los altares a su santo patrón Íker Casillas, la España política tiene poco que celebrar. La huelga aparece marcada por nubarrones de coacción, después de que los sindicatos han decidido no aceptar los servicios mínimos dictados por el Gobierno. Y el gran conflicto territorial, el del País Vasco, ha conocido un nuevo hito con el pronunciamiento de Arzallus por la independencia. De esto último quiero hablaros hoy. Arzallus ha vuelto a provocar: le ha puesto fecha (tres o cuatro legislaturas) a la proclamación del estado vasco fuera de España y dentro de Europa. Es un salto muy significativo dentro de su dialéctica. Le ha perdido el miedo a las palabras, plantea abiertamente la meta secesionista y se ha atrevido a formular un plazo. Es un hecho muy serio. Aunque tenga como objetivo inicial comenzar la conquista de los votos de Batasuna, estamos ante un compromiso formal de romper la unidad de España. Y con mucho respaldo social. Sorprenden, por ello, las respuestas madrileñas : unos cuantos desprecios, y a otra cosa. Se le critica básicamente por estar en una manifestación «al lado de asesinos». Hemos llegado a escuchar que a Arzallus hay que tomarlo de broma. ¡Curiosa forma de taparse los ojos! ¿Se dan cuenta los críticos de que, si Arzallus estaba en esa manifestación es porque, efectivamente, coincide con los objetivos de Batasuna y ETA?. Eso, para muchos nacionalistas, no es un demérito. Es un estricto cumplimiento de su obligación de liderar el secesionismo. Es la necesaria unidad de la nación vasca para ganar su guerra con el Estado español. No nos tapemos los ojos ni los oídos. Se está construyendo la independencia vasca. Y con más rapidez de la pensada. Cualquiera que ponga un sismógrafo a la situación, verá que el nacionalismo pone cada día un nuevo mojón hacia esa meta. Y el Estado, ¿qué hace? El Estado se tranquiliza diciendo: son «cosas de Arzallus». El Estado no sabe qué hacer. El Estado no se mueve. El Estado es Don Tancredo.