Lo único que no se ve es lo que está al alcance de la vista. La frase es del escritor Enrique Jardiel Poncela, aunque, con distintas variaciones, la utilizamos con frecuencia. Precisamente lo que tenemos delante es lo que no vemos. O no queremos ver. Lo que le preocupa a la Iglesia de Estados Unidos es tapar los abusos sexuales de sus sacerdotes. Lo que les preocupa a nuestros líderes mundiales es que no se hable del hambre. La Cumbre Mundial de la Alimentación, auspiciada por la FAO, ha quedado reducida a unas jornadas gastronómicas, en Roma. Además, con una poco representativa asistencia. No merece la pena entrar a valorar la decisión de Berlusconi de adelantar la clausura de la reunión para ver un partido de fútbol. Se valora ella sola. Ni tan siquiera el escaso interés que la cumbre despertó. Sin embargo, las decisiones de esta reunión sí nos sirven para entender la actitud desinteresada de quienes tienen la obligación de afrontar uno de los más graves problemas de nuestra sociedad. Nada menos que 815 millones de personas se encuentran en emergencia alimentaria. Y varios miles de ellas perecieron mientras Berlusconi y sus colegas presenciaban el triunfo de la selección italiana. Algo estamos haciendo mal. La ONU, que muy de vez en cuando acierta en sus planteamientos, viene insistiendo en que no es necesario que nadie pase hambre porque hay alimentos para todos. Pero que están mal repartidos. Que se trata únicamente de asumir un compromiso con el que afrontar una distribución más solidaria para sacar de la desesperación a cientos de millones de personas que buscan una vida digna, frente a la opulencia insultante de las que vivimos en países desarrollados. Las conclusiones de la cumbre de la FAO evidencian una ceguera absoluta y la ausencia de interés de quienes se consideran los grandes baluartes de las libertades. Pensar que están dispuestos a hacer algo serio, es un sueño. Y ya el mismo Jardiel Poncela decía que en la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen. La gran mayoría de los sueños, se roncan.