FREDDY BERNAL

IGNACIO RAMONET

OPINIÓN

21 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

A veces, en sus andanzas por el mundo, uno se encuentra con auténticos personajes de leyenda. Freddy Bernal, actual alcalde de Caracas y una de las personas más detestadas por los antichavistas es uno de ellos. De paso por la capital de Venezuela con algunos amigos ¿entre ellos José Bové y Ramón Chao¿ me entero del comportamiento heroico de Freddy Bernal durante el pasado golpe de estado contra el presidente Chávez, el 11 de abril. Decidimos de ir a verlo. Nos recibe en su alcaldía del Libertador, situada en el centro de Caracas, un edificio colonial espléndido, antigua universidad, en cuya capilla se firmó el acta de independencia de Venezuela en 1821. Bernal tiene unos 45 años, no es muy alto, delgado y todo en él respira fuerza y una increíble energía. Una serie de tics nerviosos agitan su cuerpo y su noble rostro. De origen humilde ¿su padre era bedel en una escuela¿ hizo estudios brillantes en la academia de la policía. Siempre primero de todas las promociones. Acabó por ser nombrado jefe del Comando de Operaciones Especiales de la policía (los GEO locales). Es especialista en artes marciales, en todo tipo de combates y de luchas y experto en todo clase de armas y de explosivos. Ha sido jefe de la seguridad (prestado por Venezuela) de la presidenta Chamorro de Nicaragua y del presidente de Colombia. Pero un día, por fidelidad a sus orígenes sociales, decidió adherir a la revolución bolivariana del comandante Chávez, a su proyecto de transformación social. Entonces, de manera romántica, se lanzó a la clandestinidad y luego este vecino del barrio de Catia, uno de los más pobres de Caracas, participó en las elecciones y fue elegido alcalde. Hoy es uno de los hombres más odiados por los enemigos de Chávez. Su cabeza está puesta a precio, y si un nuevo golpe de estado se produce en Venezuela, Bernal sería una de sus primeras víctimas. A menos que una vez más escape a sus adversarios y de nuevo se sumerja en la clandestinidad para dirigir la resistencia. En este caso, sus enemigos pueden echarse a temblar... Nos cuenta que en la noche del 11 de abril, después de los tiroteos entre antichavistas y chavistas, cuando ya se veía que el golpe de estado militar estaba en marcha, decidió ir al palacio de Miraflores a consultar al presidente. En aquellas horas trágicas lo encontró abatido. «Freddy ¿le dijo Chávez¿, los generales se han amotinado y avanzan hacia Miraflores. La guarnición ha sido retirada y estamos prácticamente indefensos. Sólo nos quedan tres soluciones: atrincherarnos aquí y resistir hasta la muerte como hizo Salvador Allende en Chile el 11 de septiembre de 1973; hacer un llamado al pueblo a la insurrección y desencadenar una guerra civil o rendirnos. Por mi parte he decidido entregarme para evitar que corra la sangre. Y te aliento a hacer lo mismo. Puedes estar seguro de que, dentro de poco tiempo, con el apoyo del pueblo, regresaremos». Bernal le contestó que, aunque respetaba su decisión, él no se rendía: «Voy a movilizar a la población, no se atreverán a disparar contra decenas de miles de personas, los oficiales jóvenes están con nosotros y los soldados rasos también. No se saldrán con la suya. Si quieren el poder, que lo ganen por las urnas democráticamente, como hemos hecho nosotros...». Bernal salió del palacio, regresó a su alcaldía, reunió al personal y a la policía municipal, y les dijo que se fueran a sus casas, que él iba a resistir en la clandestinidad pero que ellos, simples funcionarios, no tenían por qué arriesgar su vida. Colocó dos guardias delante de la puerta con la misión de no ofrecer la mínima resistencia y de entregar las llaves a las fuerzas que vinieran a tomar posesión de la alcaldía en nombre de los insurrectos. Entretanto, Chávez había sido hecho prisionero y trasladado a una fortaleza militar, mientras la televisión difundía la noticia de su dimisión para desmovilizar a sus partidarios. Bernal sabía que esto era falso, empezó a activar sus redes y a movilizar a los habitantes de los barrios pobres que veneran a Chávez. En poco tiempo una muchedumbre de centenares de miles de personas, dirigidas clandestinamente por Bernal, se encaminó hacia el palacio presidencial reclamando el regreso de Chávez. Los generales insurrectos sabían que el alcalde de Caracas estaba detrás de esa movilización y pusieron precio a su cabeza. Empezaron a circular rumores de que había muerto. «Hasta sacaron en televisión unas imágenes con el cadáver de alguien linchado por los amotinados y juraron que era el mío. Trataban de convencer a la gente que los líderes principales de la revolución bolivariana estaban fuera de juego», nos dice Bernal. Pero no lo consiguieron. Mezclado con la gente común, el alcalde seguía animando a las masas agolpadas ante el palacio, incitándolas a reclamar el regreso de Chávez. Pronto, ante esta movilización popular, la guardia presidencial se solidarizó con el pueblo. Al comprobarlo, otros regimientos hicieron lo mismo, y muchos oficiales informaron a sus generales que no obedecerían a ninguna orden de disparar contra el pueblo. El estado mayor golpista constató pronto que el ejército no le obedecía, que Chávez ya había sido liberado por un comando de paracaidistas y que estaba en ruta hacia Miraflores. Reconocido por la guardia presidencial, Bernal fue el primero en entrar en el palacio, de donde expulsó a los golpistas que aún se encontraban en él, y preparó la acogida del presidente. Cuando llegó Chávez, Bernal fue el primero al que abrazó diciéndole: «Yo sabía que volvería, pero no pensaba que sería en tan poco tiempo. Gracias a tí, mi exilio no ha durado ni 48 horas...».