No está el calendario de violencias y tentaciones como para cargar las tintas en lo que voy a lamentar. Madrugo tristezas con el caso de Déborah y con la precocidad empresarial de ese par de insensatos de Boiro aspirantes a camellos de un desaprensivo con balcones a la calle: con estas y otras noticias por el estilo y que menudean, lo que a mí me preocupa no pasa de pijadica de buenos o malos modales, aunque tenga su retintín agravante por protagonistas y ambiente en que se produce. Malos modales de alumnos que no miden bien distancias y respetos, gente joven para la que todo vale en el celo con que afirman su causa y niegan la del discrepante o pretenden acabar con el que consideran enemigo. Malos modales con cuarenta mil causas, que pueden empezar por papá y por mamá y seguir por el centro escolar con su ambiente político-legal, sus profesores y sus métodos, etcétera. Malos modales que son un síntoma estentóreo de que en Educación hay que enmendar actitudes, todos a una. Por ejemplo, no es nada edificante cómo, nada más terminar su primera clase, perdió su virginidad un amigo mio que fue a sorprenderse ante la Jefatura de Estudios porque los alumnos comían pipas en clase y, lo peor, el aula parecía una pocilga. Y la jefa de Estudios le desfloró su candidez pedagógica con un «¿Mira, ti tes algo persoal en contra das pipas?». Y fueron felices y comieron pipas y perdices y a mí no me las dieron porque no quisieron. Malos modales, decía, con retintín agravante por protagonistas y ambiente. Estamos en vísperas de elegir rector en Santiago. Hay dos candidatos a los que un grupo de alumnos que no firman su propuesta añaden un tercero: han repartido carteles de un cerdo con su birrete académico y nos sugieren que, como tanto da un cerdo que otro, votemos al suyo, que responde por Celidonio. Antes de pretender que esos alumnos ejercen derechos y libertades de expresión, crítica, etcétera, o que ¡ya se sabe cómo son los rapaces!, véase, por favor, si sería de recibo que alguna autoridad académica o algún profesor se refiriese públicamente a sus alumnos, individual o colectivamente, como los cerdos, los burros... Y, desde luego, unos cuantos trienios en el oficio de enseñar podrían dar mucho de sí, si uno quisiera abdicar de su condición racional y de su obligado respeto a quien es sujeto principalísimo de derechos en la Universidad, es decir, el alumno. Pero para ser sujeto principalísimo de derechos no se puede mear fuera del tiesto y en la Universidad hay que cuidar mucho los buenos modales y no olvidar nunca que no se puede, ni cara a cara ni (peor todavía) tirando la piedra y escondiendo la mano, darle a Fulano trato vejatorio diciéndole o haciéndole lo que él, por su responsabilidad y condición, no pueda decirte o hacerte a tí. Olvidar o distorsionar cosa tan elemental es de túzaros e igualmente túzaros son quienes se lo disculpen o se lo aplaudan. Y si son cosas del ardor juvenil, hay mucho monte para desfogarse.