Hace sólo ocho días, hablábamos aquí de lo mal que nos tratan las estadísticas del turismo, y de como esos siete millones de almas que vio y contó Pérez Varela en el Año Santo de 1999 se quedaron en menos de un millón en las cuentas del Instituto Nacional de Estadística y en los libros ocultos -¡ahora destapados!- de la Asociación de Hosteleros de Santiago. Pero los males nunca vienen solos, y, antes de que se extinguiesen los ecos de aquel sonoro atropello, una nueva y colosal mentira estadística sitúa a Galicia a la cola de Europa en el uso de Internet, sin destacar que Extremadura y Castilla-La Mancha van como nosotros, y haciendo caso omiso de los fiables datos con los que la Xunta ha demostrado que somos una región puntera en las nuevas tecnologías, ejemplo para muchas naciones avanzadas, y faro de la modernidad bien entendida. Pero yo, que estoy avisado, no creo nada de lo que llega de fuera, y doy por supuesto que, al igual que sucede con los peregrinos, también los internautas están mal contados, que sólo la Xunta sabe donde se esconden, y que, de la misma manera que hay una economía sumergida y un turismo sumergido, también puede haber cientos de miles de internautas sumergidos. ¿Seremos la Atlántida? Claro que a este juego del más o menos se le puede dar mucha importancia o ninguna, y que, si para unos es la prueba de un fracaso inexcusable, para otros no pasa de ser un inocente juego que debe ser analizado en el marco de la propaganda que nos invade. Para mí, sin embargo, no hay un síntoma de subdesarrollo más evidente que este falseo de la estadística, que nos lleva a gobernar e invertir a ciegas, y que nos impide definir las prioridades del interés común. Y no puedo evitar el sentirme burlado cada vez que veo coincidir en el mismo periódico el huero discurso de la propaganda y el jarro de agua fría de la estadística real. ¿Qué haría usted si fuese presidente de la Xunta? ¿Invertiría en nuevas tecnologías? ¿Crearía otra universidad? ¿Ampliaría la feria de Silleda? ¿Llevaría un AVE a Lugo? ¿Construiría más hoteles y más hospitales? ¿Haría más depuradoras? ¿Plantaría más cepa albariña? ¿Contrataría más funcionarios? ¿Abriría otro aeropuerto? En Alemania lo tienen clarísimo. Pero aquí resulta imposible decidirse, porque nadie puede decir un «no» rotundo al mejor vino del mundo, a la feria más importante de Europa, al destino turístico más numeroso de España, a un AVE desparramado que viajará más rápido y lleno que el de Sevilla y a una población habituada a las nuevas tecnologías. Por eso somos tan felices aquí, en la Atlántida. Porque basta con tirar una moneda al aire para tomar una decisión infalible.