Cuando el 4 de mayo de 1814 el Rey Fernando VII ¿un «monstruo execrable» según Pérez Galdós¿ abrogó en Valencia el régimen de Cádiz, no se limitó a derogar todos los decretos de las Cortes liberales, sino que, ascendiendo de hombre a Dios, los declaró «nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y se quitasen de en medio del tiempo». Era tal el odio de aquel monarca felón hacia todo lo actuado por las Cortes que no quiso sólo abolirlo, sino también arrancarlo de la historia. Volviendo sobre sus pasos, nuestro director general de Política Lingüística acaba de afirmar que «el topónimo La Coruña no existe». Aunque es éste, claro, asunto de otra enjundia, no deja de asombrar, en todo caso, la actitud de quien, como El deseado , se considera igualmente legitimado para liquidar las existencias de la historia con la tranquilidad con la que, puesto al afecto, liquidaría las de una mercería. ¿Existe el topónimo que resulta al director tan antipático? Es fácil de saber. Basta con visitar el lugar que aquél designa y observar, con el celo que las circunstancias aconsejan, la gran cantidad de coruñeses que, hablando en castellano, se refieren a su ciudad diciendo La Coruña y no, por ejemplo, Bogotá. Así es, por más que al señor González Moreiras le sorprenda: hay por aquí muchos gallegos que en uso de un derecho que su gobierno está obligado a tutelar, hablan una de las dos lenguas de Galicia, el castellano, y dicen La Coruña, Londres y Florencia en lugar de A Coruña, London y Firenze. Muchos de ellos saben, por supuesto ¿aventajando en ello a nuestro querido director¿ que esos topónimos tienen su traducción en la respectiva lengua autóctona, pero, por coherencia, por simple comodidad, o por no parecer unos esnobs, prefieren utilizar, cuando existe, y siempre que hablan castellano, la toponimia castellana. Es cierto que por motivos que tienen todo que ver con la política y nada que ver con la lingüística, en España se ha adoptado la majadera decisión de utilizar, hablando o escribiendo en castellano, todos los topónimos que ofrece la lengua de Cervantes, salvo, ¡oh, maravilla!, los que corresponden a lugares de nuestra geografía. Es ese equívoco, que convierte, por ejemplo, la información meteorológica española en algo pintoresco (llueve en Londres o Florencia, pero luce el sol en Ourense o en Girona), el que quizá ha llevado al atribulado director a cometer la imprudencia de negar la existencia de algo que está en la boca de miles de personas. ¡Viaje el señor González Moreiras a A Coruña y verá como existe La Coruña! Y verá, también, como no hay que confundir el culo con las temporas: pues una cosa es que los topónimos oficiales de Galicia sean los gallegos ¿lo que parece indiscutible¿ y otra, muy distinta, que no existan los topónimos de una lengua nacida hace mil años... nada más.