MONSTRUOS Y SUEÑOS

La Voz

OPINIÓN

JUAN FERREIRO, Profesor de Derecho Especial Público en la Universidad de A Coruña

15 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La última oferta cinematográfica de Disney, Monstruos SA , es una sugestiva película que, además de entretenimiento, ofrece tres reflexiones para la vida ordinaria en general, aprovechables para la vida política en particular: el poder del sentido del humor genuino, la originalidad como empeño y la vindicación de la ternura como arma transformadora. El filme destila ese sentido del humor puro, ese gracejo legítimo opuesto en su génesis a la fácil y devastadora ridiculización del prójimo. Mientras el escarnio es un parásito que se alimenta de la honra y la paz de terceros, el sentido del humor genuino brota, fresco, cuando el intelecto logra combinar con acierto la paradoja, el absurdo o la plasticidad lingüística. No abunda en estos tiempos en que el insulto soez y la descalificación gratuita se han erigido en moneda de cambio en los debates mediáticos y algunos parlamentarios. Valga como ejemplo el catálogo de desprecios que, a contrapelo de su natural proceder, vertió hace unos días el vicepresidente Rajoy sobre varios diputados. Una segunda virtud de la película es la originalidad de su argumento. Una empresa dirigida por unos monstruos tiene como objeto social embotellar, por su capacidad energética, los suspiros y gritos que exhalan aquellos niños a los que logran asustar. Pero, tras un simpático e inesperado suceso, se percatarán de que las risas contienen un potencial energético muy superior al extraído de los chillidos de terror. Frente a esos desmoralizantes eslóganes que proclaman que todo está ya descubierto, historias de esta índole demuestran que la originalidad es un filón inagotable que puede brotar de lo más sencillo. Requiere, obviamente, talento; pero, sobre todo, observación, empeño y fe. A veces no hace falta escalar las inexpugnables cimas del ingenio, pues lo original aguarda en los escenarios más accesibles y en las tareas más obvias. Tal como está el patio, original hubiera sido que los voceros del Gobierno hubiesen reconocido sin tanto rodeo la falta de rigor informativo que se deslizó en el tan manido viaje de Felipe González a Marruecos. Originales serían también los socialistas si entendiesen que ejercer la oposición no pasa necesariamente por tratar toda iniciativa gubernamental como un engendro, hijo de la estulticia y de la mala fe. Junto a la gracia y el ingenio, incluye la película de Disney un peculiar homenaje a la ternura. Virtud que no se debe confundir con su versión abortada: la cursilería. Ambas persiguen la belleza. Pero el acto cursi coge un atajo y se extravía en la pringosa ciénaga de los topicazos almibarados. Pretende en vano dibujar sentimientos elevados, pero sólo logra un leve regocijo egocéntrico y pueril que se consume en sí mismo sin mayores pretensiones altruistas. La ternura, sin embargo, no se ahorra etapas. Nace en los que son capaces de conmoverse por el débil y se proyecta de forma quijotesca hacia la justicia. Se acaba de celebrar la cumbre de Monterrey (México), uno de cuyos objetivos es reducir a la mitad la pobreza extrema del planeta. Más de 50 jefes de Estado y de Gobierno han puesto sobre la mesa planes, recursos, etcétera. Pero... es posible que nada cambie. Ni siquiera la enajenada indiferencia del mundo pudiente. Salvo que entre en escena la ternura. Sólo si los corazones de políticos y ciudadanos lograsen conmoverse ¿sin los atajos de lo cursi¿ ante el grito de los arrumbados en los estercoleros del planeta, podría ser viable ese plan, ese gran sueño, esa madre de todos los retos. Sólo la ternura contiene el vigor para hacernos subir a ese bendito tren capaz de sacarnos de la angosta estación de nosotros mismos hacia ese destino tan ilusionante como desconocido. Se consiguiera o no, el mero viaje, como en la Odisea , sería en sí mismo belleza.