XERARDO ESTÉVEZ
06 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.El trazado del AVE se erige como el último escollo para la articulación del sistema de ciudades de Galicia. Cuando se planteó el mismo problema con las autovías: una hacia Santiago o dos hacia A Coruña y Vigo, Santiago cedió en aras de la articulación territorial, porque la A6 y la Autovía das Rías Baixas beneficiarían a Lugo y Ourense. A cambio, el Real Patronato, el Consorcio y un vuelco general de las administraciones. En fin, un pacto. Los pasados días festivos tuve la oportunidad de hacer un cotejo. Fui a A Coruña para ver en Los Rosales una película que no acababan de estrenar en Compostela. Viajé por la carretera antigua y pude comprobar la potente conurbación de los municipios limítrofes. Caminé, entre tantos gallegos, por el paseo marítimo; estética aparte, disfruté mucho. Cuánta ciudadanía genera un frente marítimo con esas vistas hacia un horizonte privilegiado. Comí en un restaurante de la plaza de María Pita. A las 8 estaba de vuelta en Santiago entre el bullicio de la Semana Santa. Al día siguiente, pasando por Pontevedra, fui a comer con unos amigos a Beluso, un lugar que hacía años que no visitaba y que ojalá se conserve entre el maremagnum constructivo de la península do Morrazo. Al volver, desde Cangas, contemplé Vigo y me ratifiqué en que es una gran metrópoli donde el encuentro entre el mar, la economía y los ciudadanos se convierte en el problema crucial. Con años de retraso, Vigo está acometiendo un conjunto excepcional de proyectos culturales y turísticos, públicos y privados. También encontré tres tipos de ciudadanos. Ya lo sabía. Los de A Coruña, autocomplacientes, menos críticos, me recordaban a los barceloneses. En Compostela, más conformistas, menos luchadores, secuela antropológica de los dones del Apóstol. En Vigo, excesivamente autocríticos, con menos autoestima. Todo tiene su explicación. Entre otras, puede apuntarse que mientras A Coruña y Santiago a comienzos de la democracia empezaban a remodelarse urbanística y culturalmente, Vigo y Ferrol se enfrentaban a duras reconversiones, con una sociedad rota que costó recomponer. El trazado del tren de alta velocidad tiene que solucionarse desde el pacto, y no desde el enfrentamiento. Por ahí van los tiros. Sostengo que el sistema de ciudades del que nos hemos dotado, después de haber competido, lógicamente, para que cada una pudiera afianzar su perfil respectivo, es hoy un espacio abierto a la cooperación, porque estamos a un tiro de piedra y nos necesitamos. Pero la cooperación tiene que darse también entre cada ciudad y su entorno, determinando quién gestiona la metrópoli y con qué medios. Aquel tópico de que Vigo trabaja, Pontevedra duerme, Santiago reza y A Coruña se divierte ha dejado, afortunadamente, de tener sentido.