Acabo de abrir el correo electrónico y me encuentro con un mensaje de la presidenta de Amnistía Internacional-Sección Española en el cual me expresa su satisfacción por la gran victoria de la opinión pública internacional en el caso de Safiya Hussaini. Me dice, con tono de euforia, que España, a través de la organización que preside, ha contribuido a salvar a Safiya de morir lapidada gracias a los 657.421 correos electrónicos dirigidos al gobierno de Nigeria en poco más de dos semanas y que se han sumado a los millones de correos enviados desde casi todo el mundo. Tiene motivos para estar feliz. En primer lugar, Safiya se ha zafado de una ominosa muerte bajo las piedras arrojadas por manos impulsadas por nefandas leyes sustentadas en el mayor desprecio a los más esenciales derechos de la persona. Y, en segundo término, ha liderado la mayor movilización de recogida de apoyos individuales llevada a cabo en España en poco más de quince días. Objetivo este último, necesario para alcanzar el anterior, que se pudo lograr gracias a quienes decidieron expresar su solidaridad con Safiya y el rechazo a las crueles e injustas leyes que la habían condenado, así como a la agilidad e inmediatez en la comunicación que permite el correo electrónico. Y es esto último lo que nos lleva a reflexionar sobre los efectos de la globalización. En este caso, de la globalización de la información. Sí, es cierto que como se ha puesto de manifiesto por algunas organizaciones serias y responsables, la globalización puede generar una cierta uniformidad en los mensajes que se destinan a conformar la opinión pública, sobre todo si la emisión de esos mensajes está en manos de unos pocos que detentan, además del poder económico, el control de los canales por los cuales fluye la información. Así, puede darse la paradoja de que, como apuntaba Vedel en su informe al Consejo de Europa, la existencia de más medios y canales informativos no garantice la pluralidad sino que ésta puede verse cercenada por la concentración de la propiedad o gestión de aquellos en muy pocas manos. Ahora bien, la globalización permite también que casos como el de Safiya Hussaini, una mujer pobre y analfabeta sumida en una sociedad también pobre y mayoritariamente analfabeta, no sea ignorado por la opinión pública internacional y, lo más importante, que esta opinión pública se pueda movilizar en días, casi en horas, para presionar a gobiernos como el de Nigeria al que ya no les ampara la falta de información puntual sobre sus acciones. Sin la red, sin el correo electrónico, posiblemente nunca hubiésemos sabido nada de Safiya, pues nada supimos de esas otras mujeres lapidadas por el delito de ser mujeres. Sin la red, sin esta globalización de la información, Safiya habría perdido la vida. Probablemente ella nunca alcance a comprender lo que es la red, ni cómo la solidaridad con ella circuló de una dirección electrónica a otra urgiendo adhesiones. Quizá nunca entienda qué puede significar Safiya.com. Da igual. Lo único importante es que sigue siendo Safiya. Muy posiblemente la globalización tenga efectos buenos o malos en función de algo tan elemental como es la orientación y el uso que se haga de la misma. La presidenta de Amnistía Internacional-Sección Española ya lo debe tener claro. Y nosotros también.