En esta inacabable y sangrienta guerra que palestinos y judíos mantienen desde hace años , todo se ha probado para amansarla y tornarla a la paz. Todo, menos el remedio que narra Aristófanes en su Lisystrata : una huelga en ambos lados de las trincheras en que las esposas de los combatientes se nieguen al sexo con ellos mientras no renuncien a la guerra. Como judíos y palestinos son poderosos consumidores del amor, la huelga de las lisystratas pronto surtiría efecto. Le propuse la idea a un amigo y me retrucó destemplado diciendo que no, que el hombre, y más aún algunas estirpes que misturan entrañas, sangres, mierdas y creencias, se hacen tan agresivos y homicidas que asesinar al prójimo es como defecar o que les hagan cosquillas. Lo dijo Walt Whitman: «Cada cual tiene su manera de estar vivo». Luego la muerte se hace estadística y el ciudadano acaba encogiéndose de hombros. Y si al final vuela hecho trizas el turbante del señor Arafat o explota el vientre gaseoso del señor Sharon, ¿vamos a echarle la culpa a las brujas de Macbeth que movían los vientos y cortaban las nieblas? Cuenta D¿Ors que un amador se suicidó tomándose una caja de fósforos. La fábrica de fósforos de Cascante publicó en un diario: «Si se suicida un amante/ por haber perdido el seso/ ¿qué tienen que ver con eso/ los fósforos de Cascante?