XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
24 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Santiago es una de las ciudades más hermosas y singulares del mundo, capaz de generar una identidad que se impone sobre el aluvión que define su población actual. Por eso, a pesar de que los compostelanos son una especie muy escasa -la mayoría somos de Forcarei, Vilalba, Allariz, O Porriño y sitios así-, la ciudad nos va ganando y dominando, hasta hacernos partícipes de su extraordinaria personalidad histórica, cultural y social. En tales circunstancias, creo que el haber cumplido un mes fuera de «mi» ciudad es razón suficiente para desearla, y para dejar sin morriña la hermosa y coqueta ciudad de Trento que me dio cobijo durante cuatro semanas. A pesar de lo cual hay algunas cosas que estoy seguro que voy a echar de menos, y que hoy quiero compartir con todos ustedes. La primera, sin duda alguna, serán los cochecitos de los bebés que inundan las calles del centro histórico trentino. Son cochecitos que van completos, con una mamá detrás y uno o dos bebés encima, y que transmiten una sensación de vigor y bienestar que ya se me había olvidado. Es tanta la diferencia con lo que ocurre en nuestras calles que llama poderosamente la atención, y que a mí me hizo girar mil veces la cabeza para recrearme en las madres que dan el biberón, cambian pañales o agitan los arouxos de estos italianitos de repuesto. La segunda añoranza será para el silencio amoroso que se percibe en las calles, incluso cuando están llenas de gente, y que permite escuchar los pájaros, las fuentes, los timbres de las bicicletas y la risa de los niños. El tercer recuerdo será para las campanas, que son muchas, bien timbradas y tocan en cualquier tiempo. Dan la hora, llaman a misa o recuerdan el Angelus, repican las vísperas festivas y las alboradas del domingo, y, cómplices perfectas del silencio de las calles, se escuchan nítidamente en toda la ciudad. La cuarta nostalgia será para los helados, riquísimos y variados, que todo el mundo se come con fruición por las calles, en los jardines o en las terrazas de las cafeterías, hasta convertirlos en un signo de identidad de las poblaciones al norte de los Apeninos. Claro que en Trento no hay movida, ni te dan la tabarra con el llenazo hotelero, ni se quejan de los peajes, ni trazan el AVE en las mesas del restaurante. Beben exquisitos vinos, pero no creen que sean los mejores del mundo, y nunca fían su cocina a la calidad de sus productos. Son cultos, educados y trabajadores, y uno se encuentra entre ellos como si los hubiese conocido de toda la vida. Pero a mí me gusta Santiago, donde aún podemos tener todas las cosas que disfruté en Trento. Los trentinos, en cambio, nunca dispondrán de las nuestras.