Hace unas semanas publicaba La Voz que el actual Papa había realizado durante su pontificado tres exorcismos en el Vaticano. La teoría y la práctica del exorcismo son muy antiguas, obedecen a planteamientos antropológicos que parecían arrumbados pero que han sido objeto de estudio durante muchos siglos por tratadistas católicos: El padre Ciruelo, ya en el siglo XVI, en su Reprobación de supersticiones y hechicerías, defendía para los sacerdotes católicos el monopolio de la eficacia de los exorcismos, siguiendo a 10 Lucas y a 15 Mateo. Para don Antonio de Fuente la Peña, provincial de los capuchinos (1676), hay que distinguir claramente entre los duendes, trasgos o fantasmas y las actuaciones del diablo propiamente dichas. Así lo hace el padre benito Remigio Noydens, en su obra Práctica de exorcistas y ministros de la Iglesia (1688), en la que separa la práctica de la exorcización a los energúmenos, de la propia de duendes y demonios caseros. Para el hombre moderno, estas cosas carecen de sentido. ¿Se trata de un error científico más de la Iglesia? Desde el punto de vista de la ciencia quizás los fenómenos asociados a la práctica exorcista sean resultado de varias etiologías diferentes. Unas relacionadas simplemente con el fraude, la psiquiatría o el uso de alucinógenos. Pero otras muestran una evidente similitud con los fenómenos metapsíquicos estudiados por diferentes personalidades como el Nobel Carlos Richet a lo largo de toda su vida científica. Entre estos extraños poderes que se comunicarían al poseso señala los siguientes: Facultad de conocer los pensamientos. Inteligencia de lenguas desconocidas para el poseso. Conocimiento de hechos futuros y de fenómenos a distancia. Suspensión en el aire. Sea cual sea la explicación, en todo caso, el estudio de los exorcismos abre una inquietante brecha en los criterios epistemológicos comúnmente establecidos.