Parecía que Fraga llevaba prisa en su propuesta de reformar el Senado y de dar asiento a las autonomías en la UE. Es más, yo creía que se había fabricado valientemente su peculiar Escila y Caribdis y que, avezado navegante político, estaba dispuesto a cruzar por el centro el peligroso estrecho que separa la empopada de Aznar, hacia un estatalismo agobiante, de los excesos de cualquier exageración nacionalista periférica. A fin de cuentas, él ha escrito que sólo una política de centro «puede llegar a coordinar las inmensas fuerzas del nacionalismo centralista con las poderosísimas fuerzas del nacionalismo periférico». Ante su golpe de timón, poco importaba que en su reto existiesen contradicciones de hemeroteca, que pesasen en él razones políticas personales o que, en fin, hubiese en la propuesta la hipotética intención de reformar algo para evitar una reforma total. El reto quedaba planteado. Y Fraga podía ser el giróscopo que ayudase a mantener el camino equilibrado. Ahora parece que todo se aplaza por disciplina de partido. Pero siguen ahí las rígidas cabezas de la Escila monclovita y el Caribdis de la autonomía gallega, mustia y con remolinos amenazantes. Habría que cruzar ya.