Las democracias asentadas resultan, eso dicen, monótonas. La española hace excepción: funciona de maravilla y es muy divertida. Esto se ha de apuntar a la proverbial destreza de nuestra clase dirigente para gobernar deleitando. Sobran ejecuciones de rutilante humor hispano. Cierto presidente de una comisión de seguimiento del Pacto de Toledo dio en sugerir que las viudas cobren menos pensión que los viudos, por la simple razón estadística de que viven más años. Los macarras, amoscados, le pidieron la dimisión, a lo que el susodicho replicó que ya se volvía para casa y era de mala educación empujar. La plana mayor de su partido, muy preocupada por la baja natalidad entre las viudas, le pidió que modulara sus propuestas. La Conferencia Episcopal acaba de solicitar al papa que desatasque el expediente de santificación de la reina Isabel la Católica, presentado en 1958. Se opusieron dos docenas de obispos izquierdistas que no vieron el alcance espiritual de la moción: buscar valedora celeste para los numerosos inmigrantes judíos desalojados de Palestina por los musulmanes, a cuyos antepasados la futura santa con gran caridad mandó devolver a las tierras que manan leche y miel. La utilidad del humor en la alta diplomacia la explotó el señor Piqué, ministro a término de Exteriores. Advertido de que un hombre que se parecía a Felipe llegaría a Tánger vespertino para cerrar un negocio de importación de salvia (astringente) y chivos expiatorios, con ayuda del embajador que estaba de vacaciones le preparó unas entrevistas virtuales y secretas con los mandamases del país. El éxito de la operación fue calificado de anécdota. En este ambiente, el anuncio de que un día populares y nacionalistas gallegos podrían gobernarnos juntos merece rango de humorismo constitucional. Desgraciados los pueblos que no tienen humor.