Bin Laden, una noche verde y con luna creciente pues así apetecía al Profeta, se embridó bien el turbante, tomó un carro de fuego y como Elías huyó al Paraíso. Desde aquella todos lo buscan, la Interpol cachea antros y catacumbas; y la perestroika yanqui, dudando del personal y para descubrirle, prohíbe disparar sobre el pianista, desear la mujer del prójimo y escupir sobre la moqueta. Pero un buen día el huído volverá. Se lo aseguró a la tribu. Se lo aseguró a los talibanes con la mano en el Corán y mirando hacia La Meca. Bin Laden se ha convertido en mito que es superior a convertirse en mártir. Se ha transformado en una especie de don Sebastián. Este rey luso se lanzó a la aventura de la batalla de Alcazalquivir, en África. Antes de romper el fuego, ecuestre y filatélico, le dijo a los caballeros: «Sepamos morir con calma y con arte». En el estruendo bélico desapareció. Pero todos saben que un día volverá, y triunfante. Así se viene ya predicando de Bin Laden en tierras afganas y en el ecúmene coránico y fundamentalista. Y Bin Laden, que no es barbero de arrabal, se mantiene siempre leal y creyente hasta cuando duerme la siesta. Bin Laden volverá, pero no romántico como las golondrinas de Bécquer. Volverá el día D y sobre las mortajas de EE UU.