RAMÓN PERNAS
15 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El apabullante éxito del programa televisivo Operación Triunfo ha devuelto a la televisión su vocación familiar de entretenimiento para todos los públicos y ha actualizado aquella vieja máxima del cura americano Peyton, que aseguraba, en su campaña de extensión del rosario, que «la familia que reza unida, permanece unida». Sucedió los últimos lunes y las familias españolas permanecieron juntas y unidas frente al televisor para ver las galas semanales de Operación Triunfo. Y yo, que también he seguido el programa, recordaba con nostalgia a los versátiles vocalistas de las orquestas de mi juventud, que lo mismo cantaban por Mari Fe de Triana que imitaban el cálido acento mediterráneo de Al Bano. Vestidos con chaquetas de lentejuelas o con impecables trajes blancos, aquellos vocalistas eran auténticos dioses sobre el escenario, en los palcos de las fiestas populares, en kermeses de plaza mayor y verbenas aldeanas. Fueron escribiendo en la memoria colectiva la historia de la música popular. Orquestas míticas en el mapa musical gallego, fueron, y aún son hoy, referencias incuestionables para recordar formaciones plurales que tenían en el vocalista la más clara seña de identidad. Hay que citar a los Satélites, Pontinos, Finisterre, Saratoga, París de Noya, Variedes de Viveiro, Players, Sintonía, Gran Parada y otras dos docenas de formaciones musicales con varios lustros de actividad recorriendo romerías y fiestas en el circuito permanente que va de mayo a octubre, de norte a sur y de este a oeste. Si hubiera que buscar un vocalista épico que resumiera la síntesis posible entre voz y música habría acuerdo unánime para nominar a Pucho Boedo. Mito popular de la década de los setenta al frente de los Tamara. Pucho es para muchos de mi generación la más auténtica de las bandas sonoras de toda nuestra juventud. Pero hoy quiero rendir homenaje a los vocalistas anónimos, a los que desde lo alto del tablado nos enseñaron a enamorarnos invitándonos a bailar y, con su voz nos fueron conduciendo a un mundo de fantasía en una noche de agosto. A ellos, vocalistas sin nombre, santo y seña de formaciones orquestales ya citadas, mi gratitud infinita. Transformación Durante el invierno, muchos ejercían el oficio de zapateros, otros eran músicos de bandas militares, pero todos tenían en común que cuando nos ofrecían el regalo de su voz, se transformaban en auténticos dioses de un olimpo popular. Las muchachas y muchachos de Operación Triunfo son sus herederos, sus sucesores, también ellos vienen de orquestas que animaban bailes en Almería o Granada, también ellos viajaban a bordo de viejas furgonetas y eran ídolos de una noche, también ellos enseñaban y aprendían a soñar y un día, el dios de la música, que es una diosa, los eligió para que en un país estresado, pusieran voz a la música. Yo, pese a todo, sigo echando de menos a mis viejos vocalistas.