RAMÓN BALTAR
13 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Todo indica que el sanedrín del BNG ha decidido, Caifás colectivo, que su hombre muera por el pueblo, es decir, por la Unión del Pueblo Gallego. Segar la cabeza es una salida imaginativa cuando los miembros quieren eludir responsabilidades. Tomada en su conjunto, la aportación del señor Beiras a su partido y a la política gallega no es obra de un piernas cualquiera. El líder nacionalista, intelectual ejecutivo, consiguió bajar a sus correligionarios del monte de las figuraciones ideológicas a la tierra de las realidades institucionales. Con ello el Bloque, antes de poco fiar, fue creciendo en la estimación de los votantes hasta convertirse en segunda fuerza parlamentaria. Una tarjeta con menos golpes que el par del campo. El estancamiento electoral del BNG, imprevisto sólo para sus causantes, no estuvo tanto en los fallos del jefe de ventas como en la resistencia de la empresa a acomodar su producción a la demanda externa. Algunos de los suyos, que no perdieron el pelo de la dehesa, estorbaron los esfuerzos de Beiras para culminar la faena de interesar a una base social más ancha que los incondicionales y tornadizos de otras siglas. Con fijaciones y ortodoxias no se monta un partido de gobierno. Los que ahora empalarían a Beiras no quisieron ni oír hablar del peluquín de ampliaciones y aperturas. La vieja guardia fundadora, enquistada en los órganos decisorios, ha desdibujado la renovación del Bloque: las mismas caras y narices electorales de siempre, casi los mismos mensajes de hace cuatro lustros, ya deslustrados. Su lema, el de funcionarios de la política: que vengan días y caigan escaños. Quede a la dirección frentista la papeleta de decidir el liderazgo. Pero cuenten que Beiras ha consumido media vida en el noble empeño de construir Galicia y tiene derecho a ser tratado con respeto. Dentro y fuera.