LOS DEDOS DE BERLUSCONI

La Voz

OPINIÓN

EDUARDO CHAMORRO

13 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

¿Estaba Berlusconi borracho el pasado viernes, 8 de febrero, al comenzar en Cáceres la cumbre de ministros de la Unión Europea? Pues no hay manera de aclararlo, o sí la hay, pero está fuera de mi alcance saberlo y, mucho más, decirlo. El caso es que a la hora de hacerse la foto con todos, Berlusconi decidió -entre otras cosas- demostrar urbi et orbe la mucha duda que cabe en eso de que quien se mueva no sale en la foto. Así que se movió, y no en un paso de baile o de zalema ceremoniosa susceptible de entenderse como una iniciativa de adolescente. Lo suyo fue... ¿Cómo diría uno? Más bien puerperal, del puerperio, de esas cosas que hacen los niños en las bodas y bautizos (e incluso en las segundas nupcias) para que los mayores puedan intercambiar comentarios del tipo mira lo que hace el jodío niño. No es que este pobre hombre se pusiera a hacer mocos ni a rascarse los bajos con atroz frenesí ni a agitar la lengua de manera serpenteante entre las fauces abiertas... Nada de eso. Se dedicó, simplemente, a poner cuernos, a hacer el llamado gesto de cornuto. Hay una edad que marca el límite a partir del cual uno sólo hace ciertas cosas cuando está borracho o dispuesto a utilizar el alcohol como excusa, es decir, con motivo de bodas, bautizos y etcétera. Pero una reunión de ministros europeos no casa con esa excusa, sobre todo en un señor que suele llevar doble insignia en la solapa -de un modo que no está claro si le hacen las insignias para las solapas o las solapas para las insignias- y se adorna el cuello -siendo, como es, un sujeto de poco, muy poco cuello- con un nudo de corbata que parece un atadillo en el cordón con el que mi abuela llamaba al mayordomo. Tantas cosas en tan poco espacio puede que pongan algo mal de los nervios al señor Berlusconi. Aunque el señor Berlusconi -al que llaman Il Cavaliere o alguna sinrazón por el estilo- tiene otros motivos -aparte de la pinta- para estar algo nervioso. En primer lugar, da toda la impresión de andar eludiendo la ley, y no digo que la ley lo persiga, sino que anda eludiéndola como si ese hurtarle el cuerpo a la recta razón se lo pidiera la sangre. Y eso puede dar un cierto hervor a los nervios, aparte de algún tipo de incontinencia a las vísceras. En segundo lugar, es ministro de Asuntos Exteriores, si bien no por necesidad de su gabinete, sino por lo que podríamos llamar derecho de pernada: puso de patitas en la calle al titular, que sabía tratar con sus semejantes, y se puso él, que hace cuernos con los dedos. Pero tampoco es propio de ministros de Asuntos Exteriores acudir a las reuniones que sea menester y ponerse a hacer cuernos. Cabe, pues, pensar que se trata de una cuestión de acumulación. Es ministro de Asuntos Exteriores y primer ministro, y eso es ya otra cosa. Lo que no haría un maestro de embajadores, sí lo puede hacer un ministro que, en este caso, es un ministro de sí mismo. Además, y por si fuera poco, ser primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores es una condición bifronte que puede poner al encartado en el hábito de darle sin cesar al frasco, sobre todo porque ya no queda claro si uno habla para dentro o para fuera. Por ahí habría que buscar la explicación de tan extraña manera de poner los dedos cuando se está de visita. Aunque yo creo que Berlusconi hace las cosas a su manera. Le importa un bledo ser un sujeto que suscite sospechas, y se le da una higa que le tomen por déspota en atención a como quita y pone ministros de mayor sabiduría y mejores modales. Y, en coherencia con todo eso, está acostumbrado a orinar por el balcón, en la conciencia de que todos los transeúntes entenderán que llueve. Su única desventaja es que, cuando se encuentra entre gente que no es como él, los dedos se le vuelven huéspedes. Y, entonces, pasa lo que pasa. Por eso pasó lo que pasó y se puso a hacer cuernos con los dedos. Por eso o porque vio a algún ser querido.