ANXO GUERREIRO
06 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.En los albores del siglo XXI, el mundo se enfrenta a un hecho novedoso en su historia. Una sola potencia, los EE UU, posee un poder militar y económico sin precedentes, que le permite imponerse en todo el planeta, resultando evidente que esa nación utiliza tal poder para modelar, unilateralmente, un nuevo orden mundial. Al servicio de tal objetivo, los EE UU ponen en juego su hegemonía militar y un extraordinario aparato político y mediático destinado a la exportación de su cultura y su estilo de vida. Sobre lo primero, tras la guerra de Afganistán y su continuidad en otros países, anunciado por Bush en el discurso sobre el estado de la Unión, existen pocas dudas. Los EE UU están dispuestos a exhibir ante el mundo tanto la fuerza de sus ejércitos, como la voluntad política de utilizarlos. Pero conscientes de que nunca antes en la historia un imperio ha sobrevivido o ha dejado huella duradera, si no es a través de su hegemonía cultural, EE UU al amparo de su ingente poderío económico y tecnológico, pretenden americanizar los valores políticos y económicos a escala mundial. Dos ideas son sistemática y profusamente difundidas desde la potencia norteamericana: la superioridad de su democracia y la de su modelo económico-social. Ambas son falsas. Cuando escribo este artículo, todos los medios de comunicación se ocupan de la peripecia del gigante eléctrico Enron. Lejos de constituir un hecho aislado, el caso Enron ilustra con precisión cual es la regla general que preside en EE UU las relaciones entre poder económico y poder político. Éste se ha transformado en un escenario dominado absolutamente por el dinero, que dicta tanto la política económica y como la social, con las prioridades de la política exterior de la superpotencia. Hace tiempo que EE UU dejó de ser una república representativa para convertirse en un paradigma de plutocracia. No parece que este sea el modelo que deban seguir nuestras perfectibles democracias. Desde círculos conservadores, dominantes en el pensamiento económico norteamericano, se descalifica el modelo social europeo al que atribuye una supuesta y grave esclerosis. Ésta se debería, según aquellos círculos, a la rigidez en la regulación del mercado laboral y a la extensa protección social de nuestros estados del bienestar, en contraste con el modelo americano, donde la ausencia de tales condicionantes posibilita una mayor eficiencia, responsable del bajo desempleo y el alto crecimiento económico. Los datos demuestran que no existe milagro americano y mucho menos la citada euroesclerosis. En las dos últimas décadas varios países de la Unión Europea han tenido tasas de creación de empleo similares o superiores a los Estados Unidos y el crecimiento de la productividad, el mejor indicador disponible para medir el dinamismo de una economía, fue mayor en los países de la UE, hasta el punto de que dos de esos países (Francia y Alemania) tienen hoy más productividad que la economía norteamericana. Todo ello ha sido compatible con la existencia de nuestros irrenunciables sistemas de protección social, que dotan a nuestras sociedades de una cohesión y justicia social infinitamente superiores a las existentes en EE UU. Es hora de proclamar y defender, sin complejos, la superioridad social y política de nuestras democracias y de transformar a la UE en un sujeto político global que le permita jugar un papel protagonista, frente al unilateralismo de los Estados Unidos, en la construcción de un orden mundial justo y democrático. Para lograrlo todavía la realidad ha de enfrentarse al prejuicio. O en palabras del personaje de Dürrenmatt: es triste tener que luchar por lo que es evidente.