LAS GRANDES AVENIDAS

La Voz

OPINIÓN

VENTURA PÉREZ MARIÑO

28 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Quizás el más acuciante y novedoso de los fenómenos sociales que se están produciendo en España sea el demográfico. La población autóctona decrece en función de la caída de los índices de natalidad y se compensa en parte con la llegada de inmigrantes mucho más proclives a la procreación. Esos son los datos objetivos que se han dado a conocer en los últimos tiempos de forma prolija. Y de esos datos no resulta superfluo el preguntarse ni difícil el contestar quiénes van a ser los habitantes de España dentro de 25 o 50 años, y si, en cualquier caso, debe intentarse operar sobre los mismos. ¿Tenemos derecho y debemos pretender que nuestra tierra sea para nuestros hijos? Las grandes preguntas suelen tener respuestas ambiguas. Y creo que ésta es una de ellas. Existe ese derecho, pero no es absoluto. Al igual que cuando los españoles emigraban a otras tierras, y allí tuvieron descendencia, y de aquellos países acababan siendo nacionales si por ello optaban, hoy les ocurre lo mismo a los que vienen a trabajar a España. De aquí son, además de los que nacen, los que adquieren la nacionalidad en las formas establecidas por la Ley. En definitiva todo hace pensar que quedamente en los próximos años ha de producirse un mestizaje entre originarios y foráneos, coexistiendo una amalgama de razas, lo cual no impide afirmar que un fenómeno de esas características pueda o deba dejarse a su libre albedrío. El que las españolas actuales no tengan hijos, o, dicho de otra forma, le sea muy penoso tenerlos, parece una decisión inducida por las circunstancias que dejó de ser un problema individual para convertirse en colectivo, y requiere, en su caso, una respuesta política. Porque hay formas de operar sobre el fenómeno. Todo menos cruzarse de brazos a la espera de un milagro. El fomento del trabajo parcial de las mujeres, periodos de excedencia, incentivos fiscales a la maternidad, creación de guarderías, becas escolares..., son algunas de las medidas posibles. Al igual que los políticos prometen alcanzar metas económicas, no parece desdeñable que entre sus objetivos se planteen elevar el índice de natalidad. O, y esa sería otra opción, no se lo planteen, pero de forma consciente. Sólo los grandes gobernantes saben estar por encima de la coyuntura y ser generosos despreciando réditos electorales inmediatos. Son los que trazan las grandes avenidas cuando aun no acucia el tráfico. Son los que afrontan el problema de la inmigración con realismo pero sin utilizarlo para solventar el descenso de la natalidad autóctona. Son los que crean, los que, en definitiva, no esperan a las encuestas para saber lo que tienen que hacer.