CELA Y LA AMISTAD

La Voz

OPINIÓN

VALENTÍN GARCÍA YEBRA (Miembro de la Real Academia Española)

17 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

No voy a hablar de Cela como escritor, sino como amigo. No soy crítico literario, y lo que mejor he conocido de él es su disposición y capacidad para la amistad. La primera conversación larga que tuve con Cela se desarrolló, hace diez o doce años, en la sala de espera de Barajas. Hablamos allí de la Academia, y sostuvimos, en algunas cosas, opiniones dispares, incluso discrepantes. Desde entonces me distinguió con su amistad. Años más tarde, cuando se le rindió en el Instituto de España el homenaje a la antigüedad académica, fui designado para ofrecérselo. Ocho días antes se le había concedido el Cervantes, tan largamente merecido. En el ofrecimiento del homenaje del Instituto de España hablé, entre otras cosas, de su amor a Iria Flavia. Puse de relieve cómo, a pesar de la marcada tendencia de los gallegos a decir que son de la ciudad o de la villa más próxima a su aldea, Camilo José Cela mantenía siempre total fidelidad a Iria Flavia, afirmando pública y privadamente que en aquel hermoso pueblo había venido al mundo. Y expuse mi convicción de que el lugar en que se nace y en que se vive la primera infancia resulta decisivo para el carácter, la sensibilidad, el gusto, la capacidad de sentir y apreciar la belleza o la fealdad de las cosas, de los paisajes, de las personas y hasta de las ideas. Cela se mostró de acuerdo y me pidió copia de lo que yo había dicho. Cuando se fundó la Universidad Camilo José Cela me pidió, como un favor, que aceptase ser patrono de su Universidad. Acepté muy gustoso, y le aseguré que con ello era yo el favorecido. Camilo dijo en Estocolmo, al recibir el premio Nobel, que él iba por la vida disfrazado de beligerante. Y así era. Su aparente beligerancia era sólo un disfraz. En el fondo de su alma latía una gran ternura celtogalaica. La beligerancia era sólo aparente. En cuanto a su obra literaria, diré tan sólo que, a mi juicio, se le puede aplicar lo que él dijo en Estocolmo desde la literatura en general. La literatura auténtica se apoya, según él, en dos pilares: «Un pilar estético, que obliga a mantener la obra literaria por encima de unos mínimos de calidad», bajo los cuales se extiende un mundo subliterario que va «desde el realismo socialista hasta las múltiples veleidades pretendidamente experimentalistas», en realidad ocultadoras de la ausencia de talento; y, por otro lado, un pilar ético, «que convierte la obra literaria en algo verdaderamente digno del papel excelso de la fabulación» servida por la palabra. Pero para mí, más importantes aún y más atractivas que sus altísimas calidades literarias eran sus cualidades humanas, en particular su disposición para la amistad y su absoluta fidelidad a ella.