CÉSAR ANTONIO MOLINA
21 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.La tasa de creación artística ha sido tan grande y tan extraordinaria a lo largo de los siglos, también en el pasado siglo XX, que «¿qué otra cosa nos queda a nosotros que hemos llegado tan tarde, salvo la pequeñez?», se pregunta André Comte-Sponville en su magnífico libro El mito de Ícaro. Tratado de la desesperanza y de la felicidad. Homero-Kafka, Miguel Ángel-Picasso, Bach-Mahler, Cervantes, Góngora, Lope, Valéry, Rilke, Juan Ramón o Paul Celan. ¿Es la cultura una cosa del pasado? Miles de pintores, escultores, escritores, cineastas, músicos, arquitectos... tratando de avanzar por entre los cadáveres apilados. Steiner justificando esa imposibilidad de decir algo nuevo, llega a afirmar que muchos de los poemas de Eliot son un «palimpsesto de ecos». Rimbaud rechazó su obra por ser «enjuagues», es decir, agua sucia proveniente del lavado de obras ajenas. Es notoria la influencia que sufrió de la Balada del viejo marinero de Coleridge, al escribir los versos de El barco ebrio. Incluso el propio Dante luchó por conseguir «quello che mai fue detto d''alcuna» («lo que nunca fue dicho por nadie»). El creador, término inventado por Tasso, enfureció a partir del Renacimiento al darse cuenta, de ser, para siempre, segundo con respecto al misterio original y originador de la formación de la forma. Hoy a esa queja contra el verdadero Creador, habría que añadirle una más contra los antepasados. La producción es cada vez mayor y, en proporción, menos significativa. ¿Cómo abrirse paso cuando lo recompuesto se ha vuelto a romper y no hay materia original sobre la cual trabajar? Paul Valéry nos previno de los males de la democratización de la cultura: «Si todo el mundo escribiera, ¿qué sería de los valores literarios?». «El arte -comenta Comte-Sponville- es un dominio donde la rareza enriquece (puesto que la obra rara puede ser consumida por todos), y en el que la abundancia empobrece (pues en ese caso cada uno ya no consume, en una masa agobiante de obras sobrantes, sino parcelas ínfimas)». Spinoza nos adelantó que únicamente había belleza donde hay rareza. La industria cultural va contra esta opinión explotando lo zafio, lo de más fácil venta. Se evita el riesgo. Leopardi, citando al filosofo griego Bión (III A.C.), decía que era imposible agradar a la multitud «a no ser que uno se convierta en un pastel o en vino dulce». El genio, el creador de nuestros días, lo tiene más complicado que el de otras épocas. Deberá sortear los miles de caminos trillados, las malas compañías, los falsos éxitos, los engaños económicos. En un mundo domesticado, controlado y vigilado, sin apenas campo visual para el paisaje; en este mundo feliz donde ya nadie puede estar solo -Blaise Pascal pensaba que la mayor desgracia del hombre era, precisamente, ésta-, tendrá que luchar por recuperar su soledad inspiradora, incluso antes de comenzar a crear. ¿Cómo huir de la banalidad? La opción de ser escritor, intelectual o artista se sitúa como lo opuesto a cualquier gobierno o institución. El arte no es nunca la expresión de la sociedad o del tiempo en que nace, por el contrario, constituye una creación contra esa sociedad y ese tiempo, a favor de una sociedad y un tiempo por venir. Pero, ¿existe el porvenir? No sé si fue Carlos Marx quien también dijo que la esperanza era opio.