CANCIÓN DE NAVIDAD

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN PERNAS

21 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

A menudo se recurre al tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo creo que es del todo incierto y que cualquier tiempo pasado sólo fue distinto, como distintas eran las Nochebuenas de mi infancia, ingenuas y voluntaristas en los deseos que comenzaban con recuerdos a los ausentes. Y siempre había una hermana que se había ido a Montevideo y jamás regresó. Las cenas se iniciaban con una suerte de jaculatorias laicas apelando a lo bien que estábamos en familia mientras otras personas en «noches como éstas» recorrían en solitario los caminos. Tú te imaginabas la postal navideña y al caminante aterido de frío en un paisaje de nieves. Pero no era así, la noche estaba estrellada y el viento era suave, la noche era clara, siempre estaba clara, y la luna lucía como en un nacimiento, un pesebre florentino del siglo XV, donde había un río de papel de plata, de aquellos papeles plateados que envolvían los chocolates de Nestlé, y que los guardábamos todo el año, para que en estos días se convirtieran en un imaginario cauce de agua. La gran mesa de Navidad, presidida por los abuelos, en una fiesta que sólo se repetía el día del patrón. Las viandas tradicionales, previas a la invasión del marisco, componían un menú de bacalao con col, y un pollo gigante criado para tan solemne ocasión. Turrón el duro y del blando ponían el colofón que remataban las copas de sidra achampanada y el deseo de estar todos juntos cuando el calendario hiciera de nuevo coincidir la fecha con el nacimiento de Jesús. Éramos todos pobres, unos más que otros, pero casi todos en aquella España en blanco y negro. Gris y triste. La sobremesa era inesperadamente interrumpida por la convocatoria, repique de campanas, de la Misa del Gallo. La sobremesa era una canción, eran canciones, habaneras y melodías populares gallegas, hasta que los niños reivindicábamos un villancico que entonaba mi abuela para la ocasión, y que desde entonces me acompaña cada Navidad. Era como un susurro, una canción civil, una llamada al silencio y al sueño que ponía punto y final a la cena: «Andade despacio, petade pouquiño, non despertedes ao Noso Neniño». Es mi canción de Navidad, un regalo con música que me hizo mi abuela, que sobrevive en algún rincón de la memoria y emerge todos los diciembres. Ya en la calle, el aire traía otras canciones, cantadas en otras mesas y que daban un aroma coral a la noche. Los bares y cafés habían cerrado a las nueve, y la fiesta estaba únicamente en los comedores, en las salas de todos y cada uno de los hogares del pueblo. Cualquier tiempo pasado es, pasado el tiempo, sólo una brizna de nostalgia, el chantaje emocional y melancólico de los recuerdos agolpados, el regreso a otros días, a otros abrazos, a un cantar que no viene en los manuales, ni en los papeles pautados de una noche de paz que es sólo un espejismo. Feliz Navidad.