A TORRE VIXÍA
19 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Berlín -3, Praga -6, Moscú -15, Teruel -18. Los españoles estamos que nos salimos, y, si podemos arreglarnos sin embajador de Marruecos, o aumentar el PIB por encima de la media, también tenemos la entrada más fetén en el invierno del euro. Y quizá por eso, para estar y sentir con su pueblo, también el Príncipe Felipe acaba de tomar la decisión de pasar más frío que nadie, afrontando en solitario la dura escalada invernal que hoy comienza. Ello no obstante, aunque la intención parece loable, creo que la decisión constituye un craso error y una mala noticia, aunque la mayoría de los especialistas de la prensa del corazón respiren aliviados por librarse de doblar el espinazo ante una modelo convertida en reina. Porque muchos españoles nos habíamos creído que nuestra monarquía, refundada por la Constitución, nacía libre de ataduras y convencionalismo, y que la idoneidad para ostentar la corona no dependía más que de ser mayor de edad, saber leer y escribir, y ser una persona decente, además de haber sido engendrado dentro de la cadena sucesoria o ser elegida como madre de futuros reyes. Lo demás va de suyo, o carece de reglas objetivas, y todo pueblo sabio y culto como el nuestro sabe muy bien lo que tiene que ver y oír, y lo que no debe mirar ni escuchar, para que la Familia Real sea la más querida, la más guapa, la más alta -en eso no hay problema- y la más despierta del país. Así fuimos felices, durante veintiséis años, hasta que crecieron los niños y se nos cruzaron los teóricos de la rancia realeza. Porque puestos en la actual tesitura, si para unos no sirve Eva Sannum, y no pararon hasta convertirla en un amor imposible -¡eso que ganaste, Eva!-, me temo que para los otros tampoco nos van a servir las candidatas del Hola. Y por eso acabamos de crearnos un lío que no teníamos, al abrir la espita para que la opinión pública entre a saco en la Casa Real. Porque cada día hay más españoles que, acostumbrados a convivir con un Rey campechano y libre de los atributos de una monarquía clásica, empezamos a ver con recelo este resurgir de sangres y realezas que quiere imponernos una camarilla de ociosos y nostálgicos que merodean en torno a la Casa Real. Y para eso, para controlar al Jefe del Estado y darle estilos y modales, resulta mejor, y más moderna, la República. Claro que a mí me da igual que el Príncipe se case con Eva Sannum o con otra mujer que lo enamore. Pero creo que esta ruptura forzada acaba con el gran invento de nuestra transición que fue la Monarquía sin monárquicos. Y por eso, si se abren paso a codazos los neomonárquicos horteras y parásitos, tendremos que regresar los republicanos. ¿Para qué? Para salvar la monarquía. Obviamente.