JUAN JOSÉ R. CALAZA CATEDRÁTICO DE TEORÍA ECONÓMICA TRIBUNA
30 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.He buceado varias veces, desde la superficie hasta el fondo, en las reflexiones que los defensores de la frustrada normativa da concórdia (sic) vertieron últimamente en la prensa gallega; en la prensa independiente que les sirve de abierta plataforma -la Brunete Mediática- y asimismo en las hojas parroquiales virtuales de las distintas capillas que funcionan en circuito cerrado. Limitándome al remanso de tolerancia que es La Voz de Galicia, entre el claroscuro de las más limpias aguas y el fango vislumbré valiosas monedas de oro, como el brillante artículo de Víctor F. Freixanes (25-11-01); muchos garfios oxidados de bucaneros mancos, diestros en la amenaza e inofensivos en cuanto a pegada intelectual -«os académicos (...) van ter que dar boas explicacions»-; anacrónicas cartas de marear de viejos timoneles del galleguismo, desnortados en el mar de la democracia -«algúns atrabiliarios que ante un erro de procedemento son capaces de declarar unha guerra»-, e incluso herrumbrosos canhãos y desarboladas caravelas desesperadamente reflotadas por los ingenieros del reintegracionismo total so pretexto que «as etiquetas da roupa de Zara fixeron xa a súa opción lingüística para a área sudoccidental europea: o portugués». Siguiendo la estela de Murguía, que prácticamente no surcó el idioma, desdeñé las admoniciones que me conminaban a no adentrarme en los caladeros reservados a los lingüistas con patente de corso para el privativo uso de la lengua, o de lo que sea. Porque yo siempre creí que era innecesario ir a misa, ni siquiera ser católico o vivir en Galicia, para admirar la compostelana catedral, procurando y coadyuvando a su eterna conservación con los medios que cada cual considere oportunos, si bien siempre resultaría inoportuno rematarla con la torre de Belem. Y aunque cae muy lejos de mi intención el estudio de toda la amplia gama de las puntualísimas precisiones a que pudiera abocarme el somero análisis de tan paradigmáticos textos, debo confesar que fue un placer comprobar, una vez más, como el empecinamiento, la falta de elegancia en el perder, el desprecio a las decisiones colegiadas y la manipulación consustanciales al nacionalitarismo -que en Galicia adquiere el desleal cariz del entreguismo al lusismo político y cultural- aparecen al descubierto a través del sectarismo que rezuman, poco importa que los dislates teorizados arraiguen en la convicción de pertenecer a la rama del nacionalismo democrático ya que, a estas alturas del curso, todos sabemos que quien empieza diciendo arteramente mentiras acaba creyéndolas sinceramente. Además, siendo los agravios esgrimidos de toda laya, ninguno de los contradictores de la RAG, hoy por hoy garante última de autenticidad y decoro, se atreve a encarar el combate en su cruda realidad, y escamotean el debate por miedo a que se les note que la pólvora que disparan es mojada y del rey: el gallego subsiste, en su forma pública o extensiva, aunque no en la privada o intensiva, a golpe de subvenciones. En una clasificación apresurada, ajena a la exhaustividad y precisión académica, las lenguas pueden considerarse: a) internacionales, es el caso del español; b) nacionales, como el danés; c) locales -gallego, catalán, euskera, etcétera- que comparten un restringido territorio, con mejor o peor fortuna, con otra lengua de mayor calado. Sobra decir que las lenguas internacionales occidentales compiten entre ellas, con altibajos, amparadas en grandes civilizaciones, destacando la anglosajona y la hispánica por encima de otras de origen cristiano. En nuestra época, las lenguas exclusivamente nacionales -y no digamos las locales- dejadas al libre juego del mercado económico y cultural, sin subvenciones, están condenadas. Galicia se beneficia de un excedente fiscal anual -lo que recibe menos lo que aporta- estimado entre cuatrocientos mil y quinientos mil millones de pesetas (6,01 millones de euros), incluyendo el déficit de la Seguridad Social. Sabiendo que el grueso de las cantidades que permiten subvencionar a los editores y pagar las pensiones y salarios de los sociolingüistas y profesores lusistas provienen solidariamente de la Comunidad Autónoma de Madrid, un billón de pesetas (6.010,12 millones de euros) de contribución global neta excedentaria al Estado, y de votantes locales fieles a la actual línea de la RAG, es de suponer que la imposición de una artificiosa trayectoria lingüística traería, antes o después, el cuestionamiento de las subvenciones. Tampoco se entendería bien qué ventajas podría tener para los editores gallegos la publicación en portugués que propugnan unos cuantos, dado que la principal casa pertenece a una multinacional extranjera que, llegado el momento, se comería al resto de un bocado. Jugada maestra y perla rara del neocolonialismo globalizado: las subvencionadas y exhaustas arcas de Galicia enriquecerían a Hachette por hacernos el favor de publicar... en portugués. Resumiendo, que publiquen los editores en la lengua que quieran, pero sin subvenciones: con la normativa de la RAG todo, sin la RAG nada.