UN TRABAJO EN KABUL

La Voz

OPINIÓN

YASHMINA SHAWKI TRIBUNA

29 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Las mujeres afganas, liberadas del yugo talibán en Kabul, han salido a la calle para reclamar un derecho inalienable: el de trabajar para ganarse honradamente la vida. Quizás nos choque que, tras veinte años de guerra y cinco de sometimiento al riguroso régimen de una teocracia mal entendida, las mujeres no reivindiquen el derecho al voto, a ir descubiertas, a castigar a los asesinos de sus familiares, etcétera... sino el derecho a acceder a un puesto de trabajo. Sin embargo, es fácil comprender y compartir la actitud de estas mujeres. El derecho al trabajo, el derecho a ejercer una profesión remunerada, es una manifestación más del derecho a una vida digna. Trabajar supone obtener un salario vital e imprescindible en una economía destrozada por dos décadas de guerra. Además, el dinero, con la importancia que puede tener para mantener a una familia, en la cual quizás ya no exista ningún miembro varón adulto, es el símbolo de un derecho todavía más importante: el de la independencia económica. La independencia económica de una mujer, sea en el país que sea, reafirma un derecho del que, generalmente nos olvidamos: el de elegir su camino en esta vida. Esa elección, ese dominio del destino, es, sin duda, la forma más importante de demostrar, a aquéllos que han intentando impedirlo, que las mujeres piensan, sienten y son capaces de llevar a cabo todo lo que se propongan. Entrado el siglo XXI, cuando vivir en el espacio ya no es una utopía y cuando la manipulación genética nos asusta por sus posibilidades, la mitad de la población de este planeta sigue luchando, en diferentes frentes para que se les reconozcan los derechos que les corresponden por el mero hecho de nacer. Complementarios No es cuestión de entrar a debatir si los hombres y las mujeres son iguales o no. Es algo superado. Somos diferentes y esa diferencia es lo que hace que seamos complementarios. Tan valioso es el trabajo de un minero asturiano que arriesga su vida para arrancar carbón de las entrañas de la tierra, como el de una enfermera afgana que lucha contra el dolor y las infecciones; tan necesario el de un albañil de Finlandia como el de una maestra de una aldea remota de Burundi, tan sublime el de un ingeniero industrial de Singapur como el de una pintora mexicana. Todos los seres humanos tenemos alguna habilidad con la que podemos y debemos ganar nuestra manutención. Cuando un país como Afganistán ha perdido todas las estructuras económicas y todos los esfuerzos se dirigen a la subsistencia, cualquier empleo, por humilde o básico que sea, tiene una importancia vital. Las mujeres afganas no quieren limosna ni ayuda humanitaria; reclaman lo que les pertenece y lo que durante tanto tiempo se les ha negado: el derecho a que se les reconozca que son personas útiles y productivas y no meras reproductoras de la especie. Puede que el salvaje bombardeo del país haya tenido un curioso efecto colateral: desvelar que las afganas han sobrevivido y que quieren trabajar para seguir haciéndolo.