LOU: EL ALGODÓN NO ENGAÑA

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

06 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

No les quepa a ustedes duda alguna: la actual huelga de los profesores universitarios demuestra que algo serio está pasando. ¿Cómo explicar si no que vayan a la huelga unos profesionales cuyas tragaderas han sido en los últimos años de tal envergadura que a los gobiernos de turno les ha sido posible, en medio de la más absoluta impunidad, además de maltratarlos desde el punto de vista salarial, extender en su contra el cuento chino de que la Universidad es un refugio de camándulas, un lupanar de la endogamia, donde, como en el infierno del antiguo catecismo, se dan cita todos los males sin mezcla de bien alguno? Los que me conocen saben bien que entre mis muchos pecados no se encuentra el del corporativismo. Y saben también que no soy un entusiasta de la vida académica, que he encontrado siempre cansina, aburrida y fatua hasta extremos muchas veces de delirio. Pero una cosa es que uno sea consciente de que la Universidad no es ningún paraíso terrenal, y otra muy distinta es aceptar que se ponga en la picota a miles de honestos funcionarios que -aun petulantes o soberbios- cumplen su deber profesional con aplicación y buena fe. La Universidad española de comienzos del siglo XXI no es, desde luego, la mejor de las posibles, pero es, sin discusión, la más solvente, cumplidora y preparada que hemos tenido hasta la fecha. Tanto, que esa Universidad no se merece el trato que la mayoría parlamentaria del Partido Popular ha decidido darle con ocasión de la tramitación legislativa de la que ya se conoce como LOU. ¿Necesita la Universidad ser reformada en materias tan decisivas para la prestación del servicio público que tiene encomendado como las de la selectividad, la selección del profesorado, la elección de los rectores o la composición de sus órganos de representación y de gobierno? No hay en la Universidad quien se atreva a negar eso. Ni quien se atreva a discutir la legitimidad del Parlamento para acometer la reforma que crea conveniente. Pero que nadie se equivoque, ni trate tampoco de engañar a los millones de personas ahora preocupadas con razón por el futuro de una institución que es de todos, pues con el dinero de todos se financia. Lo que la huelga de hoy pone en discusión es la sensatez de acometer una reforma contra la voluntad unánime y expresa de todos los sectores afectados por aquella. Unos sectores siempre tan pacientes que, como en el anuncio de aquel producto de limpieza, la huelga misma es la prueba del algodón de la dimensión de tal insensatez: la consistente en pensar que los problemas de la Universidad pueden arreglarse con uno de esos abrasivos que arrasan todo lo que se les pone por delante.