La mala suerte quiso que retrasase su vuelo a Los Angeles, que tenía previsto realizar el lunes, por el cumpleaños de su marido, pero Bárbara Olson, pasajera del Boeing 757 de American Airlines, dejó uno de los pocos testimonios importantes sobre el secuestro del que fue testigo poco antes de que el aparato se estrellara contra el edificio que iba a ser su tumba, el Pentágono, centro neurálgico de la inteligencia militar estadounidense. En los minutos previos al choque, Olson llamó dos veces a su marido a través de un teléfono móvil. Quizás ignoraba el trágico final del secuestro y desconocía que su sentencia de muerte estaba firmada porque, junto al resto del pasaje y la tripulación, ya había sido ofrecida como víctima inmolatoria de un sacrificio en nombre de dioses desconocidos, ignorados, por su país. Barbara, una superwoman al mejor estilo americano, abogada, antigua analista del Congreso y comentarista habitual en la televisión, estaba casada desde hace cinco años con Thedor Olson, procurador general del Gobierno ante el Tribunal Supremo. Ambos formaban parte del establishment norteamericano. Theodor representó al presidente George W. Bush contra Al Gore tras la batalla política que siguió a las elecciones por el presunto fraude de votos. Barbara acababa de escribir un libro sobre la ex-primera dama de la Casa Blanca, Hillary Rodham Clinton, no muy favorable por cierto a su protagonista. En su último adiós a su esposo, su sentido del deber como ciudadana de primera línea, acostumbrada a trabajar con la noticia, la hizo apremiar a su marido para que alertara a las autoridades del secuestro del avión. Si los atentados contra Estados Unidos nos parecen todavía una ficción, un mal sueño del que no acabamos de despertar, la actuación de esta mujer, que agotaba sus últimos segundos de vida, es la de una heroína al mejor estilo de las películas de Hollywood, la de una patriota, como sólo ellos entienden la palabra.