YASHMINA SHAWKI LICENCIADA EN DERECHO E HISTORIA CONTEMPORÁNEA TIEMPO Y LUGAR
13 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Todos los ciudadanos de bien hemos asistido con estupor e incredulidad a lo que ha parecido la escena dantesca de una película de ciencia-ficción norteamericana. Los emblemas de dos de los pilares básicos de la sociedad norteamericana como son el poder militar y el económico han sucumbido como si de castillos de naipes se trataran y, es probable, que muchos fanáticos se hayan frotado las manos con regocijo al presenciarlo en vivo y en directo. La cara y cruz de una guerra no declarada pero que transcurre bajo nuestros pies como la lava magmática del suelo de este planeta tan castigado. Nadie sabe exactamente quién es el culpable de tan terrible crimen aunque todas las sospechas, con mayor o menor fundamento, se dirigen a los fanáticos musulmanes. ¿Quién puede reprochárnoslo? Con personajes de tan dudosa moralidad como Bin Laden, Sadam Hussein o Gadafi es fácil sumar dos y dos. No obstante, no podemos dejarnos llevar por las emociones y es imprescindible mantener la cabeza fría y los nervios templados. Nada se sabrá con certeza hasta que las investigaciones den con el verdadero culpable. Y aun en ese caso, es preciso que el gobierno norteamericano mida muy bien sus pasos. Cualquier movimiento precipitado puede tener unas consecuencias desastrosas para el equilibrio mundial. Hasta el pasado martes, Estados Unidos se ha limitado a ejercer el papel de guardián del mundo, atacando a los enemigos del orden establecido fuera de sus fronteras. Luchar en territorio extranjero en defensa de la libertad y la democracia es muy bonito, casi tiene un toque de romanticismo trasnochado. Desgraciadamente, se han preocupado más de protegerse del exterior que del interior. Las noticias sobre el terrorismo internacional parecía ser cosa de países europeos con disensiones históricas o desesperados palestinos que intentan llamar la atención del resto del mundo sobre su situación. Pero, no. Ahora les ha tocado a ellos y el mundo se convulsiona. Cierto es que la magnitud de las muertes ocasionadas es terrible, que la violación de la seguridad del Estado resulta humillante y que el mensaje que se ha querido dar de fragilidad debe inquietar a todos pero, en parte, solo es consecuencia de los desaguisados en política internacional. La mayoría de los conflictos armados y las hambrunas que se padecen en el Tercer Mundo son consecuencia directa de la nefasta intervención del Primer Mundo. Los atentados sufridos por los norteamericanos son lamentables y condenables pero, además de intentar paliar el sufrimiento de las víctimas y sus familiares, además de buscar a los culpables y castigarles deberíamos de aprender, de una vez por todas la lección. Vivimos en una sociedad global, sin fronteras, que soporta un frágil equilibrio entre la alta tecnología y los rezos. Quizás la única forma de evitar tragedias como la del martes fatídico sea repartiendo de forma más justa la riqueza y educar a todos para vivir en paz. Fácil decirlo, difícil hacerlo, pero si no lo hacemos solo nos queda esperar que la sangre siga bañando nuestras ciudades. El terrorismo ya no es una amenaza, es una realidad. La elección está clara.